Algunas Críticas y Opiniones
El paraíso como utopía (A propósito de “La noche del tamarindo”)
Por D. Pedro Ruiz Pérez.
Catedrático de Literatura Española.
Facultad de Filosofía y Letras.
Universidad de Córdoba. (España). Mayo, 2008.
En la actualidad el escaparate de la librería al uso está dominado por las excursiones evasivas a un pasado de rasgos estilizados, práctica de una exitosa fórmula en la llamada “novela histórica”, que no es histórica ni tiene mucho de novela. Bastante atrás queda el género de la “ciencia ficción”, reservado hoy casi para un cuidado ejercicio culto, o de culto. Poco espacio abierto queda para el narrador que quiere llegar a un público amplio en la aparentemente delgada línea del presente. Sin embargo, Antonio Gómez Rufo lo ha conseguido con La noche del tamarindo, y lo ha hecho con una sabia combinación de elementos de los dos modelos, explotando la no siempre clara voluntad en éstos de hablar de los problemas actuales a partir de una fábula imaginativa pero de ambientes reconocibles en su idealización. El escritor madrileño los busca en el exotismo y lujo de sus ambientes y escenarios, pero en la senda de un calendario que coincide con el de su lector. De las narraciones hechas de la materia del pasado toma y aprovecha el gusto por el enredo argumental, una cierta dosis de misterio y la ramificación de sus anécdotas, sin duda, una de las claves para mantener a los lectores atrapados en las redes de la fabulación. Sustituyendo la ensoñación fantástica por una sólida documentación y unas acusadas dosis de realismo, nuestra novela comparte el papel concedido a los avances científicos en el desarrollo de su argumento, y, a mi juicio, es en esta dimensión, y en lo que en ella le acerca y le diferencia de la sci fi, donde se sitúa la esencia de su relato y, sobre todo, la particularidad de la reflexión que lo origina y lo mueve.
En el patrón imaginativo de la ciencia ficción la clave se encuentra en la construcción fabulosa o fabulada de un mundo que se impone al lector con un aire de futuro, de autopista abierta a un mundo sin fronteras, pero que en realidad encierra, tras su escenografía tecnológica, una desolada (por más latente que sea) consciencia de que es el final de los tiempos. Antes de que Fukuyama decretase el final de la historia, los Sex Pistols clamaron su desgarrado “No future”, pero ya hacía tiempo que, entre el ojo del Gran Hermano y el ordenador Hal, los más lúcidos escritores de imaginación futurista nos situaban ante un amenazante cul de sac. Como un signo de los tiempos, en el entorno de un nuevo milenarismo, el tercero, la novela del pasado y la del futuro parecían darse cita en el espacio de una de las más lúcidas y demoledoras narrativas de mediados del siglo XX, la novela negra que, desmontando el misterio, la aventura y la fantasía como elementos clave de toda narrativa, concluye con la crítica radical de todos los elementos de una sociedad ante la que sólo queda la desolada lucidez que conduce a hacer del propio desengaño la fuerza para convertir la resistencia en un motivo para continuar.
Divino o tecnológico, violento o lentamente implacable, el apocalipsis se convierte en telón de fondo de una narrativa de múltiples caras, ajena siempre al optimismo pero alejada de la claudicación, que convierte a la propia escritura en una suerte de reducto, de baluarte último para la defensa de lo específicamente humano. De casi todos estos rasgos, procedentes de la novelización histórica tendente al best sellers, de la ya consagrada novela negra o de la hoy un tanto elitista ciencia ficción, participa la última novela de Gómez Rufo, que bien podríamos caracterizar como una reescritura del Génesis en clave laica y postmoderna. Tras unos capítulos iniciales en los que el lector es arrastrado en un vórtice de sugerencias sobre claves genéricas de las que es poco a poco alejado, a su discurrir por las páginas se le impone el escenario de un presente de rasgos casi futuristas, situado en unos límites de la imaginación científica borrados por los avances de las técnicas biomédicas y el rabiosamente actual culto al cuerpo y a la vida. Tras los pasos errantes y peregrinos del personaje, surgido del naufragio, espectador de islas soñadas y habitante de una saison en enfer, la narración y la lectura desembocan en una vida que surge precisamente del largo viaje dantesco por los distintos niveles del trasmundo, incluido el infernal, que no es un lugar físico, como quiere el papa, ni son los otros, como postuló Sartre, sino que es el conocimiento de uno mismo como Kant planteó en su definición del conocimiento más radical de la filosofía; pero, en lugar del sapere aude que dio origen a la modernidad ilustrada, basada en el optimismo, la consigna que mueve al protagonista de Gómez Rufo parece ser vivere aude, un “atrévete a vivir” alimentado por las pesadillas de la modernidad pretendidamente conjuradas en el hedonismo postmoderno. De nuevo, como en el mito bíblico, nos encontramos con la dualidad del árbol de la ciencia y el de la vida, pero ahora no como antinomia, como la doble vía de una encrucijada ante la que optar, sino como un bosque de ramas intrincadas en la que el hombre puede extraviarse o encontrarse, o, dicho de otra forma, como un paraíso que puede perderse y recuperarse.
Como una empresa de recuperación se inicia la obra, en un brillante ex abrupto paradójicamente marcado por la oscuridad, un episodio nocturno que tiene algo de descenso al infierno aunque, nueva paradoja, se presenta como una ascensión, una subida que lleva a la luz de un descubrimiento, el de una luminosa obra de arte, cuyo destello se revela más tarde que en realidad sólo es producido por el dinero pactado en un contrato secreto y corrupto. Con esta manzana prohibida, engarzada en la pecaminosa cadena que origina todo el argumento, el protagonista inicia la construcción de un paraíso, que en uno de sus avatares asemeja al de las huríes prometido por Mahoma a los creyentes, un oasis en medio del desierto que es violentamente disuelto a partir de la mordedura de una serpiente, aunque no es ella la que sirve de máscara al espíritu tentador. Ángel o demonio vengador, la nueva protagonista, introduce en el acotado espacio del placer un soplo de vida, pero también de dolor y de muerte, como elementos inseparables del amor y conformadores de la única realidad en la que es posible ser plenamente humano, una realidad que puede maquillarse con la técnica derivada de la riqueza, pero ante la que sólo cabe, como acaba comprendiendo dolorosamente el protagonista, la aceptación o la lucha. O, y ésta es la puerta abierta por la novela, la aceptación de la lucha, cuyo heroísmo está menos en los grandes gestos que en el cotidiano diálogo con la realidad.
Después de sus reencarnaciones en una trinidad de identidades que no pierde rasgos míticos bajo su anécdota de falsificaciones, el protagonista, que muere y resucita en cada una de estas personalidades, ha dibujado una fábula con rasgos de alegoría. Su desarrollo está trenzado con las distintas ramas de una historia que se bifurca y se reencuentra en sinuosos meandros narrativos, episodios que van encajando como las teselas de un puzzle de variables posibilidades y que podían haber constituido otras tantas novelas. Sus matrices se encuentran integradas en un relato que es la experiencia de un Fausto fruto del capitalismo postindustrial, una novela negra donde los crímenes, la indagación policíaca y la venganza ceden protagonismo para dar paso a una soslayada pero densa historia de amor, de múltiples caras y dimensiones. Su profundo hilo narrativo se entreteje con una rocambolesca historia entre cuyas peripecias se abren grietas por las que asoman los sentimientos o las reflexiones, salpicando el discurrir de una acción cosmopolita, brillante y refinada, como el lenguaje (narrativo y estilístico) que apuesta por una apariencia de tersura y transparencia. Bajo ella, el cuidado y el oficio lo ponen al servicio de una fábula empeñada en ofrecer al lector las potencialidades de su interpretación, de una lectura con algo de lección, no tanto por un soslayado didactismo, sino por situarse en el centro de una cuestión humana, por más que sus rasgos de actualidad traten inútilmente de ocultar su profunda dimensión.
El relato maneja con destreza y discreción los elementos procedentes de un imaginario mítico, pero en una evidente clave literaria, como corresponde a nuestros tiempos de cirugía estética. Un buen ejemplo de esta manera de proceder es la singular figura de Miguel, un pistolero cultivado y edípico, que invierte el rumbo de su rol, pues acaba siendo víctima de su “padre”, algo que ya apuntaba cuando, tras aparecer con los rasgos escuderiles de Sancho, acaba descubriendo su profundiza dimensión quijotesca, alter ego de su señor, al que ofrece otra imagen de su destino. El trasfondo cervantino se acrecienta en una obra que se nos aparece como una enciclopedia compendiada del repertorio genérico, llevando al lector por los registros más variados, engastados, eso sí, a la manera de una sarta de historias o cuentos, no al modo clásico, que las englobaba en una sintaxis compleja de planos y niveles, denotadora de la fe en un orden que hoy difícilmente puede mantenerse. De ahí las dimensiones laica y postmoderna a las que antes hice referencia.
Como claro elemento de postmodernidad, la novela se presenta como un discurso híbrido y mestizo, sin un centro aparente, a la manera de un collage que multiplica la variedad de sus elementos con la dinámica de un vertiginoso ritmo narrativo, sobre todo hacia el final de la historia, cuando se llega al extremo, a las decisiones que rozan los límites de lo humano, un precipicio al que el autor asoma continuamente al lector, pero rehuyendo el juicio, al modo, aparentemente, en que el relativismo moral caracteriza los tiempos que corren. No hay, sin embargo, en esta posición no religiosa un declinar de la responsabilidad, sino todo lo contrario, pues la novela parte de una apuesta comprometida. Lo que hay es una decidida voluntad de enfrentar el problema desde la renuncia a toda trascendencia, dejando un estruendoso y humano vacío donde la religión (la surgida del Génesis, pero también todas las religiones) levanta los muros del dogma identificados con su dios. Los protagonistas actúan sin cuestionarse las consecuencias de sus actos más allá de su propia inmanencia, de los frutos que ellos mismos recogerán, con una autonomía moral muy adecuada para los tiempos que corren y que no supone, insisto, evasión ni renuncia. Todo lo contrario. Y la apuesta por la aventura de vivir que late en todas estas páginas no es la menor de las manifestaciones de la actitud del autor. Lo que ocurre es que Gómez Rufo ha sabido separar su actitud ética y el desarrollo de la novela, puesta como un espejo ante el lector, para que él mismo se enfrente a sus propias conclusiones.
Un procedimiento fundamental por el que la posición autorial se convierte en clave narrativa es el de una tendencia al despojamiento que puede resultar paradójica en una obra de apreciable profusión narrativa. Lo que ocurre es que es bien distinta la exhuberancia de la trama y de su despliegue y la esencia de la fábula que la sustenta. Los episodios de la acción que retienen el interés del lector acaban actuando no por superposición, sino por despojamiento, siguiendo una metáfora varias veces evocada en el relato y con una connotación rica en sugerencias, a partir de su reciente uso para rotular su comprometida autobiografía por un autor tan poco dado a la evasión como Güntert Grass. Las capas de la cebolla se presentan en ambos casos como un camino de ahondamiento, de despojamiento en busca de la desnudez última. Eliminando excrecencias y anécdotas o mirando a través de ellas, el lector puede tener acceso a ese núcleo profundo encerrado en toda vida como última definición de lo humano, y a ello apunta la citada metáfora como también la que sirve de título a la obra, pues algo similar representa el tropismo de esta planta que de noche repliega las hojas y las flores para dejar el perfil más nítido de sí misma, por debajo del paso de las horas y las estaciones, si no es que éstas sólo descubren su sentido en la existencia de un tronco coriáceo bajo la fugaz belleza de las flores. Así parece comprenderlo el protagonista con la experiencia de la desnudez de una vida llevada a los extremos.
Su trayectoria es la de un sujeto vital y a-moral, compulsivo buscador de placeres y enemigo feroz del tiempo y de sus huellas, al que plantea una batalla que le lleva al borde de una (auto)destrucción que tiene mucho que ver con la que está enfrentado hoy la humanidad, con su pareja carrera en pos del beneficio, funcionando como el telón de fondo de tintes apocalípticos en el que se recorta la historia. Finalmente, como le ocurre al don Juan de Zorrilla, este vividor, multimillonario y poseedor de tres vidas, se salva en un amor reconocido en la pérdida, y, a partir de ello enfrenta, ya fuera de la novela y de la mano del lector, el destino de una vida que es, a la vez, un lento declinar y un heroico enfrentamiento con el inesquivable paso del tiempo. Porque, en el tono formalmente distanciado de la novela, sí hay un gesto que tiene mucho de petición de principio y, sobre todo, de elemento de complicidad para el lector, al sustituir con discreta sutileza la vigente reivindicación del derecho a no morir por un gesto mucho más humano y comprometido, que es el reconocer, cuando la desesperación puede rondarnos, que en muchas situaciones el derecho comporta también la obligación de vivir. Y ésta es la apuesta que la novela plantea desde el lema de su portada: “A veces morir se convierte en un delito”. Como el de la lectura, el de la vida es un reto que, a partir de un texto único, cada uno debe asumir de manera singular. El único pecado es rehuirlo. Pedro Ruiz Pérez.
Catedrático de Literatura Española.
Facultad de Filosofía y Letras.
Universidad de Córdoba. (España). Mayo, 2008.
(...) Pocos novelistas tienen el compromiso con su tiempo que expone reiteradamente en sus obras Antonio Gómez Rufo, poseedor de una trayectoria literaria que abarca un amplio espectro temático. En sí mismo el proceso de sus novelas –“Adiós a los hombres”, “El alma de los peces”, “Los mares del miedo”, entre las más recientes– viene a ser siempre el mismo: la sociedad observada bajo un microscopio, un examen a fondo del ser humano, sus contradicciones y su vertiginosa transformación. Ocurre aquí en grado extremo: porque “La noche del tamarindo” es una ambiciosa intromisión en la escena de los avances científicos que afectan a nuestra salud, a la vez que se desarrolla con ese espíritu filosófico que en la literatura de hoy es flagrante ausencia: exponer, debatir, reflexionar, denunciar, invitar al lector, en definitiva, a que participe intelectualmente de la novela. (...)
Esa podría ser una valoración sobre el alcance ideológico y polemista de Antonio Gómez Rufo, porque sus novelas raramente dejan indiferente y siempre perturban, pero habría que añadir sus cualidades narrativas: un texto en el que habitan como elementos fundamentales la pasión y la intriga, las cuales provocan una lectura magnética, una atracción incontrolable de avanzar en la inmortalidad de Vinicio Salazar, que a veces se enmascara quijotescamente y se acompaña con una sucesión de personajes que vienen y van a su lado. Gómez Rufo expone, indudablemente, la determinación narrativa siempre apreciable en sus novelas: la sencillez expositiva, la estructura lineal y el entretenimiento vocacional, pero en ésta hay una estilización de ese mecanismo que realza “La noche del tamarindo” como una de las mejores novelas de su autor. Y es que, aunque a veces vivir se convierta en un delito, como le ocurre a Salazar, Gómez Rufo trama aquí un verdadero canto a la vida. (Juan Carlos Rodríguez. Revista MERCURIO. Marzo, 2008)
"Gómez Rufo sabe utilizar su oficio como narrador para plantearnos una historia muy bien escrita y comprometida que introduce problemas de plena actualidad como el deterioro del medio ambiente, el tráfico de órganos o las trabas sociales, económicas y morales al desarrollo de la ciencia, aunque muchos de ellos queden rápidamente solapados por las peripecias de su protagonista. Interesante, una obra que dejará poso en los lectores (…)". Mario Escobar (Bestseller Español. 2 de abril, 2008)
"Un planteamiento novedoso y una historia que recorre el mundo son algunos de los elementos de "La Noche del Tamarindo", una novela que incide en la evolución de la Ciencia en un mundo atrapado en el cambio climático. Un thriller que combina la novela de viajes con la ciencia-ficción, enmarcado, todo ello, en la sociedad actual". EUROPA PRESS (8 de enero, 2008)
" Antonio Gómez Rufo ha escrito una novela aplastante, demoledora, abrasadora, magnética: «La noche del tamarindo» (Antonio Astorga. ABC. 18 de enero, 2008)
La inmortalidad. Según los biólogos el cuerpo humano no está diseñado para durar más de 40 años. Al parecer, desde el punto de vista de la evolución no existe ninguna necesidad de vivir más allá de esa edad. O sea que muchos de ustedes, igual que yo, ya habrán rebasado el periodo de garantía como máquinas vivientes. Sin embargo, aquí estamos dispuestos a doblar la apuesta aunque el tiempo no haya servido para hacernos entender las simientes precisas de la felicidad o el dolor. La melancolía es la madre de la investigación genética.
Desde la época de los alquimistas vencer al tiempo es un reto que atañe por igual a poetas y a científicos, porque el enigma de eternidad puede hallarse tanto en el interior de una molécula como dentro de un verso. La semana pasada el Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia presentó el primer proyecto de clonación terapéutica de células madre para regenerar órganos dañados por la diabetes o el parkinson, sin embargo, todavía quedan encarnizados consejeros de Sanidad empeñados en que la gente muera en la cruz. ¡Que el Dios de las urnas nos libre de la saña de los lamelas de turno!
La lucha contra reloj que libramos cada día por alargar la vida marca la agenda de los últimos avances en Biomédica. De eso precisamente trata la última novela de Antonio Gómez Rufo, un thriller de ciencia ficción con título de bolero. La noche del tamarindo plantea grandes cuestiones en un momento en que nuestro mundo se debate entre la posibilidad de prolongar la vida de las personas al tiempo que nos acercamos peligrosamente a la destrucción del planeta. El hombre siempre ha sido un ser de paradojas. Tal vez por eso el protagonista de la novela, Vinicio Salazar, es un tipo inmensamente rico y desolado que persigue la inmortalidad más por venganza que por deseo de supervivencia, en medio de una trama cosida de traiciones, crímenes, tráfico de órganos y muertos que se van quedando en el camino hacia el infierno que son los otros.
La ciencia avanza a la desesperada mientras los poetas reinventan con mimbres nuevos el sueño de la inmortalidad. "Durante las horas que compartí con los científicos mientras escribía me he dado cuenta de que la longevidad está ahí", cuenta Antonio Gómez Rufo, "nos moriremos de infelicidad, pero no de lo que nos estamos muriendo hoy". Tiene razón, pretender frenar el avance científico es como poner barreras a los astros en su procesión nocturna. Los cardenales pudieron callar a Galileo, pero no lograron impedir que la tierra girase alrededor del Sol.
Al principio del siglo XX la esperanza de vida era de 35 años, hoy es de 80. Hemos conseguido el reto científico de sumar años a la vida. Ahora solo nos falta invertir la ecuación y añadir vida a los años, como soñaba el poeta: "El ciervo en la cumbre de la montaña/ donde no hay rastro de hojas que lo orienten/ conoce la llegada del otoño/ sólo por el sonido de su propia voz". Son versos japoneses de casi mil años y en ellos uno también podría demorarse toda la eternidad. ¡Salud! (Susana Fortes. El País. 22 de febrero, 2008)
"Gómez Rufo, autor más dado, como otros de su generación, a las deudas contraídas con cierta narrativa norteamericana de espléndida tradición, ha optado por el recurso de combinar la prosa ágil de la literatura de clara raigambre periodística con la técnica tomada del thriller, quizá porque piense que el género es una de las escasas probabilidades con las que cuenta hoy día un escritor si quiere historiar en cierto modo la realidad que le ha tocado vivir.
Lo que narra Gómez Rufo es una historia apasionante porque una de las condiciones del thriller es que aquello que se narra, la trama, en definitiva, tenga gancho, haga que el lector no deje su afán de lectura en momento alguno. Bien puede decirse que la novela cumple a la perfección el requisito porque desde el comienzo hasta el inesperado final, un final más esperanzado de lo que parece y del que no pienso dar pista alguna aquí salvo decir que se encuentra justo en las antípodas del castigo, la narración se mueve con cierta regularidad rítmica, aquella que le imprime una historia que se desarrolla en espiral, una historia con ribetes de pesadilla que, finalmente, se resuelve en esperanza y falta de miedo y remordimiento. (...)
Hay más. Gómez Rufo nos introduce, solapadamente, en los vericuetos de nuestro imaginario colectivo. Salazar es una suerte de Fausto alicorto, como alicorta es esta época si la dejamos sin sus muletas tecnológicas, cumple más con el papel de Holandés Errante, el condenado al vagar perpetuo, pero sobre todo es un Prometeo de nuevo cuño, un Prometeo que tiene en su haber la devastación moral del siglo XX y que como el héroe griego, gira en perpetua soledad atormentado por los dioses debido a su horizonte de ambición, de desmesura.
Pero la verdad es que Salazar es un hombre, no un héroe, ni un personaje de leyenda. Necesita de la redención, y la única redención que conocemos, la única genuina es la del amor. Hay en la novela una relación entre las mujeres, por ejemplo, María, pero es una entre tantas, y Salazar, que se encuentra entre lo más logrado del libro. Es lo que faltaba para redondear una narración que parecía irse por otros vericuetos más abstractos. Sólo lo parecía, en verdad, porque el autor parece estar siempre vigilante respecto a que la historia respete unas estrictas normas de realismo, incluso carnal. No se entiende a Salazar sin la presencia omnímoda de la mujer y quizá se encuentre aquí la clave del libro, por lo menos el giro que da en su inesperado final. De ahí a que antes me refiriera a lo de esperanzada resolución y que ésta no se entienda sin la mediación de la mujer.
Novela de anchas preguntas y tramas bien resueltas, creadora de vericuetos donde la imaginación y el paisaje se unen para crear anhelos de un futuro mejor, esta novela de Gómez Rufo es una narración ambiciosa en lo que pretende, de ahí lo de la fábula moral, pero también en su modo de desarrollo. Dije antes que la trama debía mucho al género del thriller y de qué modo éste se resolvía en una de las modalidades modernas que el realismo adoptaba. Creo un acierto que Gómez Rufo haya escogido el género para dar cuenta de estos viejos anhelos del hombre respaldados por la tecnología, un género que se adapta perfectamente para dar cuenta de los entresijos y deformidades del poder. La novela los describe, así, con creces." (Juan Ángel Juristo. REPÚBLICA DE LAS LETRAS. Febrero, 2008)
"TEORÍA DE LA INMORTALIDAD. Poco a poco me convencí de que tampoco en el futuro haría nunca nada. Lo escribe Dostoievski en el relato “El sueño de un hombre sencillo”. Más de un siglo después, Vinicio Salazar, protagonista de “La noche del tamarindo”, estupenda novela escrita por Antonio Gómez Rufo, también lo sabe. Y sabe además que atrás -como también le pasaba al personaje de Dostoievski- no hay nada. Porque los muertos que se quedan en el camino hacia la inmortalidad de Salazar no son nada: cuerpos flotando en el aire incógnito de lo desconocido. No eran nadie esos muertos antes de caer asesinados por un sicario guardaespaldas que lee a los clásicos entre disparo y disparo con la sangre fría del asesino a sueldo. No serán nadie cuando sus cuerpos desaparezcan de todas las crónicas porque hay cadáveres que antes de ser cadáveres ya lo eran para los principales periódicos y los telediarios. Sólo la hija Belén, que muere y con su muerte arrastra al padre hacia los infiernos de la locura, ocupará un espacio importante en esas crónicas y sobre todo en la memoria alucinada de Vinicio Salazar. La ciencia avanza en el siglo que vivimos tantas veces a la desesperada y provoca en lo humano aspiraciones de eternidad. La ciencia, esa ciencia que a ratos se entretiene -o es entretenida- en disquisiciones políticas que escaso favor hacen a aquellos avances ocupa en la novela de Gómez Rufo un papel fundamental, al lado (cómo podría ser de otra manera en un relato de largo aliento y entreverado por situaciones que se desvelan como las capas de una cebolla) de nuevos acontecimientos que van completando un paisaje de desolación y de culpa, de lealtad y de traiciones, de pasión y de una mirada llena de desgana cuando el tiempo se convierte en nada, en menos que nada porque quienes lo viven se han quedado sin vocación alguna de supervivencia. Lo que empieza siendo una aventura de robaperas indocumentados se irá convirtiendo poco a poco en una historia terrible donde los personajes se irán descubriendo a sí mismos como piezas insignificantes de un puzzle cuyas dimensiones nunca llegaron a descubrir en sus auténticas dimensiones. Los atisbos melodramáticos que a veces puntean el relato recuperan una constante en la obra del autor. Qué difícil es meter eso -y el escritor madrileño lo resuelve sin raspaduras- en una narración que luego se va por otros sitios dominados por lo enigmático, incluso por una cierta proximidad con la literatura fantástica. En resumen: la belleza y el horror mezclados en un rato (verán ustedes qué bien se lo pasan) de casi quinientas páginas que apenas se nota. (Fahrenheit 451. Alfons Cervera. Cartelera Turia. Valencia. 1 febrero 2008.)
"Gómez Rufo construye una historia vigorosa a partir de una peculiar combinación de géneros literarios y mitos clásicos de forma más o menos explícita –los ecos de Orfeo, Narciso, Hilas o el mismísimo Apolo adquieren voluptuosidad en labios de una bella rapsoda–, y así, a base de intriga, drama, aventuras y ficción científica, cocina una fábula salpicada de destellos estilísticos que se aventura en los rincones más oscuros de la conciencia, y disecciona el alma en busca de los lugares donde habita la culpa, la ambición y el miedo. Asuntos recurrentes en la obra de este autor inclasificable que en esta novela adquieren una dimensión épica, aparentemente eclipsada por una aparente superficialidad en ocasiones irritante por la fatuidad del protagonista que, no obstante, oculta una lúcida ironía del miedo a la muerte". (Antonio J. Ubero. El Faro de Murcia. 7 de febrero 2008)
"La noche del tamarindo es, sin duda, la sorpresa editorial de la temporada. Una novela arrasadora, tremendamente humana, de prosa ágil y argumento conmovedor, con un trepidante ritmo narrativo que funciona paralelo a la intensidad de las tramas: la investigación genética, los límites al avance científico, la destrucción del medio ambiente o el amor como último refugio del ser humano. Como en las grandes novelas actuales, La noche del tamarindo posee esa mixtura de géneros -drama, acción, suspense, relato de viajes, sensualidad y ciencia-ficción- que propician la escalada emocional del lector para continuar los pasos del millonario que quiso escapar de la muerte pactando con el diablo de un futuro incierto". (Revista Impar. 24 de enero 2007)
“La noche del tamarindo” viene a consolidar el prestigio de Gómez Rufo como escritor de referencia, dada la eximia calidad estilística de su prosa y la hondura de las tesis y planteamientos que contiene. (…) La inmersión en la lectura de sus páginas constituye una doble y estimulante aventura viajera, tanto en el estricto sentido geográfico, dada la variopinta gama de sus escenarios, como en el figurado, al permitirnos efectuar un no menos enriquecedor viaje por el interior de las conciencias de sus atribulados personajes. Empleando dos símiles utilizados por el propio autor, inspirados en cierta medida, al menos el primero, por su colega alemán Günter Grass, esta novela se parece también a las cebollas, en la que “las capas son sus escenas sucesivas: de intriga, de ambición, de amor y lujo, exóticas, de aventuras, trágicas”; pero como señala también el narrador, “la vida, después de todo, no era un cebolla, sino una rosa, y no se envolvía en capas que arrancar sino en pétalos que deshojar”. El denso bagaje intelectual de esta novela de Gómez Rufo no supone en absoluto un lastre para que su lectura resulte sumamente amena, por la acertada y equilibrada síntesis que efectúa de las propuestas reflexivas, algunas de raíz goethiana, con la narración de situaciones lúdicas, incluso eróticas, de una voluptuosidad muy bien expuesta y con explicitas referencias a la mitología clásica. (Manuel Adolfo Martínez Pujalte. La Opinión. Murcia. 12 de febrero de 2008).
“La última novela del escritor madrileño Antonio Gómez Rufo, ‘La noche del Tamarindo’, además de incidir en el mito de la eterna juventud, y en lo que seríamos capaces de hacer por conseguirla, incluso bordeando el delito, se trata de su obra más verosímil, obra que sin duda dará que hablar en los mentideros literarios (y en los no literarios). Y de paso, por qué no, consigue meter el dedo en el ojo de políticos, científicos, deportistas y todos aquellos que no se resignan a envejecer aunque haya sido a costa (la gran mayoría de las veces) de su propia salud. (…) Estamos ante una novela policíaca, un thriller moderno en el que el autor plantea cuestiones demoledoras: “¿Cómo es posible que el dinero pueda comprar más tiempo de vida?”, se pregunta Gómez Rufo. O “¿cómo es posible que existan tráficos de órganos humanos y que haya una medicina para ricos y otra para pobres, que desaparezcan niños para robarles sus órganos, que se sospeche de la existencia de granjas de seres humanos exclusivamente utilizados como bancos de hígados, pulmones, riñones, córneas..., y lo que resulta más desolador, que el Estado y todos cuantos lo conformamos lo aceptemos con resignación?” Desde la óptica de la existencia de una longevidad a la carta, el escritor presenta una demoledora novela de acción llamada a convertirse en un ‘best seller’. Si no, al tiempo.” (Luis García. Revista LA CLAVE. 15 de febrero de 2008)
"El resultado es una novela bella literariamente, de ritmo policiaco en la cadena de sucesos, profunda como un tratado de ética y desencadenante de sentimientos de dolor o ternura como lo sería el diario de una persona querida y perdida para siempre. (…) El padre regala a su hija la visita a sitios extraordinariamente hermosos, los lujos más delirantes, los cuidados más tiernos, pero es incapaz de contestar la pregunta. ¿Cuánto me queda de vida, papá? Mientras, él allana montañas, doblega gobiernos y promete convertir en Dios al Diablo, con la eficacia y temeridad de un hombre que pudo ser el dueño del mundo. Háganse un regalo, regálense este libro." (Carlos Morenilla. Las Provincias –Valencia. 16 de febrero de 2008)
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ENTREVISTA
Antonio Gómez Rufo : ´Sigue existiendo una medicina para ricos y otra para pobres´
Antonio Gómez Rufo no se calla las verdades. Su última novela, ´La noche del tamarindo´ (editorial Planeta) es un thriller adictivo que hará saltar las alarmas. Cambio climático, I+D y la puerta de atrás de la medicina se quedan al descubierto ante la pluma de un autor tan reconocido como necesario. Ibercampus ofrece en exclusiva una entrevista que, como su novela, dejará a más de uno sin sueño.
Mantener cualquier conversación con Antonio Gómez Rufo te hace sentir siempre afortunada. Sabio, sereno y afable, este Premio Lara conserva lo que hoy día se ha convertido en oro: la sinceridad. Dice lo que piensa, en una entrevista o en una novela que es como una película. Da auténtico pavor de tan real. El maltrecho mundo que nos espera, el mercado negro de la Ciencia o la obsesión del ser humano por lograr la eterna juventud se confunden en ´La noche del tamarindo´, entre ficción y realidad.
P.- ¿De qué habla ‘La noche del tamarindo’?
R.- Uno de los pilares de la trama de la novela es la lucha del individuo contra la soledad. El protagonista, para intentar aliviar su culpa por no haber sabido atender a su hija en su enfermedad, compra los avances de la ciencia genética y biomolecular para intentar expiar una culpa que le atormenta. La medicina como gran aliado de la depresión es uno de los fundamentos de esta novela, que también habla sobre el destino y la ausencia de resignación que generalmente tenemos todos los seres humanos.
P.- ¿Se puede comprar la Ciencia?
R.- Sigue existiendo una Medicina para ricos y otra para pobres, no hay que olvidar que todavía se producen en el mundo despariciones de niños para tráfico de órganos. Así ha sido denunciado por la Unión Europea y por otros organismos, como Aministía Internacional. Existe un dramático tráfico de órganos humanos en el mundo, y esto hace que quien tiene dinero pueda conseguir más tiempo de vida y le hace pensar que la eterna juventud sea, cada vez más, una realidad.
P.- En esta novela hay mucha actualidad...
R.- ‘La noche del tamarindo’ es un canto a la vida. Ahora se puede vivir más que antes, y sin embargo, muchos nos preguntamos para qué vivir más habida cuenta del mundo que viene. Nos espera un mundo en el que el planeta se va a destrozar con el cambio climático y es muy probable que en 50 años la carencia de agua obligue a los seres humanos a llevar la cabeza rapada y a usar aceite para lavarse el pelo porque no habrá agua suficiente. Deberíamos pensar en el mundo que estamos dejando a nuestros hijos, y en el egoísmo de las grandes potencias que se negaron a firmar los protocolos medioambientales. En ese primer mundo que sólo se mira el ombligo.
P.- ¿Cómo fue el proceso de documentación?
R.- En los tres años que he tardado en escribir la novela, un año y medio lo dediqué a hacer una investigación previa. Para ello, conté con la ayuda de investigadores del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, de la Comisión Nacional de Trasplantes, y de médicos especialistas en enfermedades curiosas. La investigación se completó con la localización de exteriores, como si fuera una película, en más de 20 ciudades que aparecen en la trama de la novela. Lugares que conocía personalmente u otras que hoy día, se conocen a través de Internet.
P.- ¿Qué opinas de la Investigación que se hace en España?
R.- Por la poca experiencia que he tenido con la cercanía de métodos investigadores, me ha sorprendido ver que hay muchos medios y posibilidades, pero los que saben de verdad, se quejan de que el nivel en España va muy retrasado en relación a otros países.
Sin duda, una mayor inversión ayudaría a conseguir más descubrimientos de los investigadores. Pues, a menudo obtienen resultados muy interesantes como acabamos de comprobar con las células madre en Andalucía, o como otros hallazgos en la lucha contra el cáncer, a manos de investigadores españoles. Y, abundando un poco más, la prueba de que tenemos muy buenos investigadores es que cuando salen fuera de nuestras fronteras asombran a todo el mundo. Es una lástima que no lo aprovechemos.
P.- ¿De quién es la culpa?
R.- No creo que falte vocación ni talento. El único problema es la falta de medios. Y aunque los gobiernos sucesivos prometan cada vez más dinero, parece que pasan los años y las mejoras existen pero no son suficientes.
P.- La I+D es un tema preocupante y siempre controvertido. Resulta asombroso que podamos estar hablando de “otra Investigación”, la oculta, la que no se nos permite conocer.
R.- Personalmente creo que la Ciencia ya sabe cómo podríamos vivir más de 150 años. Los gobiernos apelan a cuestiones éticas para frenar el avance de la Ciencia, pero esconden cuestiones puramente económicas porque, por ejemplo, no sabrían cómo pagar pensiones a tan larga longevidad.
P.- ¿Por qué históricamente el hombre aspira a la inmortalidad?
R.- Decía Shopenhauer que “pretender la inmortalidad es soñar con la perpetuación de la locura”. Y que el hombre se empeña, sin embargo, en enmendarle la plana a la naturaleza y dominar el tiempo. No es extraño que en España se produzcan medio millón al año de intervenciones de cirugía estética. Si las mujeres están tan obsesionadas en aumentar el tamaño de sus pechos y los hombres, de sus órganos sexuales, no es extraño que un millonario quiera tener un almacén con órganos vitales para continuar su vida de lujo y placer.
P.- Una conclusión...
R.- Creo que la vida está muy bien medida y no deberíamos empeñarnos en prolongarla si no es en perfectas facultades. Una cosa es vivir y otra es durar. (Ángela López. Ibercampus. 17 de enero, 2008)
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ENTREVISTA EN “AQUÍ Y AHORA”. 22 de enero 2008.
Cuando el pensamiento se funde con la acción
La noche del tamarindo
Por Víctor Claudín.
Poco a poco voy conociendo cada vez mejor al género humano, y eso es lo que nutre de verdad mis novelas
El escritor Antonio Gómez Rufo acaba de publicar una magnífica novela, sin duda la mejor de las suyas, que ya suman un buen puñado de títulos interesantes, con temáticas bien diversas y atractivas. La noche del tamarindo es una novela impecable, desde luego valiente, muy sugerente, que repleta de reflexiones resulta fácil leer porque está planteada, además, como una obra de acción.
La sinopsis es: A la muerte de su hija, Vinicio Salazar, uno de los hombres más ricos del mundo, decide desaparecer y, usando su inmensa fortuna, someterse a una serie de experimentos genéticos para lograr una longevidad inimaginable para cualquier ser humano. No se resigna a envejecer, ni a las contrariedades de la vida, ni a la pérdida de sus seres queridos. Pero esa decisión le enfrentará al destino y por ello buscará en el amor el modo de escapar de una espiral de culpas con las que no había contado.
Ante el escritor madrileño nos limitamos a situarle el micrófono delante para que nos cuente cómo es su novela, y qué cuenta.
” Esta novela intenta compartir con los lectores aquellas preguntas que yo mismo me he hecho y que hago hacerse al protagonista, y que están en la mente de todos. ¿Por qué el ser humano no es capaz de resignarse ante las contrariedades de la vida, la pérdida de un ser querido o su propio proceso de envejecimiento? ¿Por qué volvemos la cara cuando sabemos que en el mundo se siguen secuestrando niños, se sigue traficando con órganos humanos? ¿Por qué cerramos los ojos, ante el irreversible cambio climático, aunque nos avisan los científicos más importantes del mundo de que vamos a destruir nuestro planeta en muy pocas décadas? Damos la espalda a todos estos problemas, que son esenciales para el ser humano. Sin embargo, son preguntas que las tenemos dentro, y cuando nos quedamos solos, cuando somos capaces de ponernos a pensar, nos damos cuenta de que tenemos que darles una respuesta. Esas respuestas no son las que encuentra el protagonista de la novela. Como le sucede al protagonista de la novela, que es uno de los hombres más ricos del mundo, una de las mayores fortunas del mundo, cuando somos capaces de comprarnos todo lo que creemos que anhelamos: el lujo, los viajes, la seguridad económica, hasta órganos vitales clonados para no envejecer o para perpetuarnos o para alcanzar la longevidad; entonces, cuando todo está conseguido, nos damos cuenta de que las cosas que nos importan en esta vida es estar a gusto con uno mismo, estar en armonía con el medio ambiente, encontrar en el amor la respuesta a nuestra falta de felicidad, y, en definitiva, estar conformes con el proceso biológico que tenemos y con la medida bastante aceptable que tiene la vida, salvo muertes prematuras, muertes desgraciadas a temprana edad, y como tal hay que aceptarla. En este sentido yo planteo La noche del Tamarindo como un canto a la vida, como una novela esperanzadora, como una novela que nos tiene que invitar a rectificar, porque nos creemos que por tener más cosas vamos a ser más felices, y no es verdad.”
¿Nace porque querías contestarte personalmente a esas cuestiones?
La chispa que enciende esta novela es, en una época determinada, cuando sólo me encontraba gente a mi alrededor que tenía verdadero pánico a envejecer, y pánico al deterioro físico. Cuando hombres y mujeres, que rondaban la cuarentena y la cincuentena, pensaban que el envejecimiento era algo que les iba a amargar la existencia. Pensé entonces que en ese dolor colectivo, en esa angustia colectiva, había una novela y que había que pensar sobre ello, y que podía escribirse. A raíz de ahí fue cuando construí esta historia. En realidad, toda mi obra literaria tiene que ver con las cosas que nos importan, que nos afectan, Me gusta ponerlas en evidencia para provocar, para denunciarlas o para encontrar una solución. Esta es una más: la búsqueda de una longevidad inacabable, intentar eliminar ese miedo a la muerte que todo el mundo tiene; cuando en realidad quien siempre teme morir, está muriendo mil veces.
Es cierto que La noche del Tamarindo está repleta de reflexiones, si bien sin molestar, porque van al hilo de la vida de los personajes, de la acción. Y si están perfectamente imbricadas es algo notable porque hay mucha acción, momentos desasosegantes, de emoción humana, de intriga... tiene partes de thriller, de road movie en algunos momentos...
Yo creo que la literatura resulta cada vez más de una mezcla de géneros. Y así como en buena medida, la buena literatura tiende a unir la novela con algunos aspectos del ensayo, las novelas de hoy, sobre todo cuando se trata de un viaje como es el caso de mi novela, un viaje interior a través de muy diversos escenarios, las escenas transcurren con capítulos protagonizados por el género policíaco, otros por el género de viajes, por el género de aventuras, por el género amoroso o incluso por el género psicológico. Creo que en esta novela se conjugan los géneros literarios necesarios para explicar el itinerario de este hombre; que quizá podría ser el deseo, el anhelo o la ficción que tiene todo el mundo. Sin embargo, la búsqueda del ser humano, en general, histórica, por la eterna juventud, por la felicidad, siempre la ha buscado fuera, no dentro de sí mismo. Esta novela, esperanzadora y optimista, concluye que la verdad, la felicidad, el sentirse a gusto, está dentro de uno mismo, y tiene que saber aprovecharlo.
Gómez Rufo se ha vuelto con el tiempo muy exigente consigo mismo, de ahí el cuidado que se aprecia en el texto, como ya en otros anteriores. Debe estar muy satisfecho de lograr lo que quería escribir.
No entrego una novela a la editorial si no estoy convencido y, en este caso, estoy absolutamente seguro de que es exactamente lo que quería escribir, lo que quería trasmitir: una novela plagada de emociones y de sensaciones que yo necesitaba describir con verosimilitud y con verismo.
En ese sentido considera que es la mejor novela que ha escrito, a lo largo de tres años, e incluso duda que algún día escriba una mejor. Por su trayectoria no hay duda de que se nutre, para escribir, de lo que le rodea, de sus pensamientos, de sus anhelos, de la sociedad.
Sí. Me sigo nutriendo de la vida, de la realidad, de la observación, soy un gran voyeur, un gran cotilla, un gran observador, me gusta muchísimo mirar, escuchar, aprender de lo que se dice. Y poco a poco voy conociendo cada vez mejor al género humano, y eso es lo que nutre de verdad mis novelas. Luego ha habido un importante proceso de investigación y documentación, no sólo por la ayuda que he recibido de distintos científicos, de la Comisión Nacional de Transplantes, del Centro de Investigaciones Oncológicas, de investigadores y de médicos que me han ayudado a aclararme, etc., sino además, la propia experimentación personal: como yo escribo de noche, he conseguido en algunos momentos experimentar algunas cosas que necesitaba conocer para poderlas trasmitir con exactitud. He llegado a hacer cosas como: creerme durante toda una noche que a mi hija le había pasado algo para saber lo que un padre siente cuando ha perdido una hija, incluso he llegado a ponerme una pistola en la boca para saber lo que puede sentir un suicida a la hora de intentar dispararse, así he conocido como se retrae la lengua al frío del cañón. Algunas experimentaciones que comprendo que forman parte de la locura del escritor. Si los escritores no fuéramos locos no nos dedicaríamos a esto. Todo eso ha cargando de intensidad emocional las descripciones en una novela que, desde ese punto de vista, ha quedado muy completa. Y no estoy dispuesto a repetir la etapa de sufrimiento que he pasado con este libro.
Abogado de profesión, antes de entregarte íntegramente a la literatura, pasaste otras etapas, como la que viviste con el viejo profesor, Enrique Tierno Galván, de cuya muerte se acaban de conmemorar 22 años. ¿Qué te ha quedado de la relación con él?
Todo ser humano necesita puntos de referencia intelectual para su enriquecimiento profesional y personal. Tierno, seguramente, fue el punto de referencia intelectual más importante que tuve desde mi primera juventud. A su lado aprendí casi todos los principios éticos que luego han marcado mi vida, la capacidad de comprensión y la capacidad de relativizarlo todo, de dramatizar lo menos posible las cosas, y ponerse en la piel de los demás para tratar de comprenderlos. Fue un gran aprendizaje personal, además del aprendizaje político lógico. Esa etapa de colaboración con él, desde los 17 años hasta su muerte tan temprana, le ha convertido en el mejor maestro que he tenido y una de las personas que más me ha enseñado. Espero haber aprendido lo suficiente, y mantenerlo, porque sus enseñanzas siguen siendo muy útiles a pesar del tiempo transcurrido. No sólo el trabajo profesional con él en el Ayuntamiento de Madrid, que desde luego fue muy enriquecedor, sino el trato personal, fue insustituible.
Teniendo como referencia a aquel magnífico personaje, ¿cómo ves la situación actual?
En 25 años el mundo ha cambiado muchísimo, los políticos que había entonces, no sólo Tierno, me refiero a Felipe González, a Fraga o a Miguel Roca, y también estoy pensando en Gorvachov, en Margaret Thatcher, incluso en el propio Clinton... en política era una talla infinitamente superior a la que tenemos hoy. Puede que no haya todavía perspectiva histórica para valorarlo, pero me parece que la comparación entre Rajoy y Fraga, entre Sarkozy y Mitterrand es odiosa para quien sale perdiendo en la comparación, que son los políticos actuales. Estamos en una etapa de mucha menos exigencia intelectual en todos los aspectos, y aún siendo verdad que desde hace unos cuantos años Madrid está sin Alcalde, a pesar de que haya alguien figurando en la Casa de la Villa, otros alcaldes de otros municipios también son peores que los que había hace unos años. En general la actividad política se está convirtiendo en una actividad tecnocrática, la profesionalización de la política no es buena; porque la política sin ideología se convierte en intereses, y si las ideas abandonan un terreno, inmediatamente ese terreno está ocupado por los intereses. La situación política actual no me gusta, todavía añoro la generación del 82.
Al cine llegó por su amistad con Luis García Berlanga. Cuando éste se quedó sin guionista, sin Azcona, le llamó para que le ayudara a escribir los guiones de sus tres últimas películas. “Es un maestro también y de él aprendí la elaboración de un guión. Pero ahí empieza y ahí acaba mi relación con el cine, nunca he pretendido que fuera mi profesión”. Pero tras una larga bibliografía, repleta de títulos de gran calidad, puede considerarse Gómez Rufo uno de tantos ejemplos que no logran una importante repercusión pública.
Antiguamente, los escritores tenían líos entre ellos, el que no era homosexual se suicidaba, el que no, tenía una amante de la Casa Real. Eran personajes mucho más públicos porque protagonizaban lo que hoy en día se llama “el tomate”, la vida frívola, social, superficial. Hoy lo dicen todos los programas de televisión: cada vez que sale un escritor en pantalla, la audiencia baja en picado porque a nadie le interesa escuchar a un escritor. Los escritores antes tenían algo que contar, algo que decir, y ahora los escritores somos seres normales, que llevamos una vida tan vulgar como cualquier otro ser humano, lo que no quiere decir que las obras sean mejores o peores; salvo esos escritores mediáticos, que tienen mucho atractivo para el público en general. Los escritores hemos perdido esa extravagancia o luminosidad que han tenido en otra época. Lo que necesitan hoy los medios de comunicación son noticias rápidas, escandalosas y llamativas. Y los escritores no damos ese tipo de actividades ni ese perfil.
Como el canon por copia privada es un asunto de actualidad, le pedimos su opinión.
Detrás de lo del canon hay una gran operación política, e igual que en el caso del préstamo bibliotecario, se ha engañado al usuario. No se trata de subvencionar a los creadores por el hecho de escribir o hacer una película, sino se trata de remunerar la creación frente al pirateo de su obra. En toda Europa se ayuda al escritor para compensarle de esa actividad que las nuevas tecnologías permiten, y sin embargo España, Portugal e Italia, lo países que menos aprecio han tenido siempre por la cultura, protestan por esas tasas, que no son impuestos. Si los usuarios se han dejado engañar ha sido porque ha estado muy bien manipulado el asunto, tanto el canon digital, como el préstamo bibliotecario, pero si lo piensan tranquilamente, alguien que dice que se ha bajado una película o lo que sea, luego no puede quejarse de que se ponga esa tasa para compensar la copia privada.
Volvemos a la novela, porque cuando la lees vuelves a pensar en ella durante mucho tiempo, por ejemplo en los lugares que describe...
Poca gente tiene dinero para entrar en esos sitios. El protagonista va a lugares como el restaurante ‘Andrés, Carne de Res’ en Bogotá, donde tienes que ir con un coche blindado y dos guardaespaldas. Son sitios muy lujosos, muy sorprendentes, que la gente ni siquiera sabe que existen.
No cabe duda de que la novela está perfectamente documentada, que se alimenta de la realidad, pero sólo es una novela, sí, sólo es ficción, y de las grandes.
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Artículo de Opinión
O DIOS O FRANKENSTEIN
No es nuevo decir que uno de las angustias más frecuentes de los individuos que habitan las sociedades de nuestro entorno es el miedo a envejecer. La prosperidad de las empresas dedicadas a la cirugía plástica (en España se realizaron medio millón de operaciones estéticas el pasado año) y los beneficios de la industria cosmética así lo atestiguan. Y es que los avances en la reparación de la carrocería humana han llegado a límites impensables hace tan sólo una década por lo que ya puede asegurarse que, con un poco de dinero y una buena elección del “reparador”, el aspecto exterior de los seres humanos puede mantenerse joven durante muchos años.
Ser joven es, sobre todo, un estado de ánimo. Y para conseguir esa anhelada prolongación de la juventud avanza desbocada una ciencia médica biogenética a la que se le pone demasiadas trabas. Ya se dice que, al menos teóricamente, el ser humano podría vivir ciento veinticinco años o más sin que las dificultades para alcanzar esa edad sean excesivas, pero lo verdaderamente importante no es disfrutar de un aspecto joven muchos años sino que el organismo, por dentro, no se desmorone de un modo inevitable. No en vano se puede observar que hay muchos más ancianos resignados que dichosos. El problema es cómo resolver el deterioro de la salud mental porque de lo contrario sería absurdo hacer realidad lo que en teoría es perfectamente factible.
También es verdad es que los gobiernos, en general, y los poderes económicos que manejan los hilos del mundo no se sienten entusiasmados con esa posible longevidad general. La razón es tan simple como comprensible: ningún Estado podría mantener un sistema de pensiones que cubriera a la totalidad de la población hasta edad tan provecta. Y ningún Gobierno se arriesgaría a permitir en su país una población que precisara del establecimiento masivo de alternativas de ocio, cultura, entretenimiento y trabajo específico. En definitiva: la razón para interponer trabas a ciertas investigaciones científicas e impedirlas en nombre de no se sabe qué criterios morales parece ser, como siempre, económica.
Ya se sabe que el proceso de envejecimiento del ser humano se caracteriza por cuatro elementos concretos: alteraciones en el metabolismo de la glucosa, disminución progresiva de testosterona, pérdida de masa ósea y ausencia de vitaminas antioxidantes, lo que se materializa en un quebranto de las facultades físicas. No parece que se trate de elementos tan graves como para que su corrección exija de demasiados esfuerzos. Lo que sucede es que ese proceso viene acompañado de algo más que la disminución de facultades físicas: se nutre de una progresiva disminución de las facultades psíquicas, de un decaimiento progresivo, una resignación aprendida de lo que se ve alrededor y una convicción cultural de que lo que toca es envejecer y luego morir. El aburrimiento ante el exceso de cromos repetidos, dirían algunos; por no decir que la verdad es que descubrimos desolados que soplamos con menos fuerza cuantas más son las velas que adornan nuestra tarta de cumpleaños.
Aun así no nos resignamos sino que exigimos más años de vida saludable, porque lo creemos posible. Bastaría con extender la atención reparadora del aspecto exterior del ser humano (lo que es sencillo mediante prácticas de cirugía plástica, cremas y hábitos de vida) y profundizar en el estudio de la genética molecular y celular, en la experimentación con células-madre y en la investigación de los procesos de regeneración del organismo. Ello supondría una inversión estatal en I+D que no se desea o no es posible, una decisión firme de tomarse en serio el desarrollo investigador y una voluntad política hasta ahora inexistente.
Lo más sobresaliente de este proceso antienvejecimiento tan ansiado por la población es que, hasta donde es fácil deducir, en el mundo se ha impuesto una medicina para ricos y otra para pobres. Y para los muy ricos, para esas fortunas inconmensurables que cada vez disfrutan más individuos sin nombre ni rostro, se realizan prácticas de las que lo más prudente es no hablar. Porque, ¿cómo atreverse a denunciar el dramático tráfico de órganos humanos existente? ¿Cómo especular con la permanente desaparición de niños expuesta por la Unión Europea y Amnistía Internacional, ente otros, que afecta a tantos países, desde Mozambique a India, desde Brasil a Sudáfrica, y a otros muchos lugares a los que resulta imposible señalar porque nunca quedan rastros a seguir ni pruebas que aportar? ¿Y cómo averiguar qué sucede en realidad en la trastienda de algunas clínicas privadas de cirugía estética en algún que otro país? No es posible denunciar, insisto, porque se carece de pruebas, pero el debate está abierto y nos debería hacer pensar sobre algunas cosas que están sucediendo a nuestro alrededor.
La ciencia biogenética tiene un gran futuro pero, sobre todo, un futuro hoy por hoy impensable. Se anuncian bacterias capaces de generar energía, se amenaza con saltarse la prohibición de patentar nuevos fármacos biomoleculares (de efectos que no conocemos), se especula con logros tecnológicos inimaginables hoy… Se asusta a la población insinuando que, sin controlar a los científicos, alguno podría crear artificialmente genes que conformen un virus letal utilizado como arma terrorista (para la extensión de una epidemia, por ejemplo). Pero, ¿acaso ciertos gobiernos no cuentan ya con armas químicas y biológicas capaces de arrasar una ciudad o un país entero? La Ciencia no debería ser nunca sospechosa por investigar y crear: acabamos de ver que en Estados Unidos se ha logrado crear vida artificial fabricando la cadena de ADN de una bacteria y que en Valencia se ha conseguido impulsar una clonación celular para curar enfermedades. Es verdad que los científicos pueden ser Dios o Frankenstein; pueden crear, fabricar e investigar para el bien o para el mal, como siempre se ha hecho, pero el uso que se haga de los avances científicos no será responsabilidad del investigador sino del sistema político que lo utilice.
Por lo que ya sabemos, Fausto no sería hoy un soñador, ni el Holandés Errante un vagabundo de los siete mares, ni Prometeo un patológico ambicioso; tampoco soñarían los buscadores de Eldorado, los perseguidores de la eterna juventud o los médicos medievales de las soluciones alquímicas. Ni Dorian Grey necesitaría un pacto diabólico. El futuro ya está aquí y con su perseverancia y las sorpresas que cada día nos transmiten los medios de comunicación nos insinúa que Blade Runner es cada vez menos ciencia-ficción, que La Isla en mucho más real de lo que creíamos cuando la vimos en el cine, que las novelas que describen los deseos eternos del ser humano han dejado de ser mera ficción y que la longevidad extrema es una posibilidad real para quien pueda pagársela. Otra cosa es la nueva desigualdad social entre quienes tengan que acudir al precario ambulatorio de la esquina y quien pueda pagarse Houston, Navarra o el más sofisticado de los centros privados. Pero tampoco eso sería ninguna novedad en el mundo, para qué engañarnos.
Es natural el miedo a envejecer; y comprensible la aspiración a perpetuarse y sobrevivir en las mejores condiciones físicas y mentales. La juventud vive de sueños y la vejez de recuerdos, decía George Herbert acertadamente. Así pues, ¿quién no quisiera ser siempre joven? Pero una cosa es aceptar investigaciones y descubrimientos obtenidos a través de cordones umbilicales, placentas y material orgánico humano desechable y otra muy diferente ocultar actividades científicas y médicas ilegales y denigrantes, en el probable caso de que se estén realizando. Y no es preciso referirse a la moral al tratar de estos asuntos: la moral responde a un tiempo concreto y a una ideología determinada y la Ciencia no puede detenerse ante semejante estrechez coyuntural, como nunca lo hizo. En todo caso cabe referirse a la ética, a esos principios inmutables ante los que, con frecuencia, miramos hacia otro lado. Que la ciencia transgreda es inevitable e, hipocresías aparte, al final a nadie le parecería mal si el cáncer termina venciéndose o las enfermedades cardiovasculares se convierten en cosa del pasado, como la viruela.
Pero lo decente es vigilar porque si el precio a pagar es en vida de niños, en manipulación de enfermos terminales y en compra de órganos a los más pobres, sería repugnante. La indecencia nos acecha en el modelo de sociedad que hemos creado entre todos aunque, al fin y al cabo, el dinero sólo puede comprar lo que está en venta. Y algunas cosas no lo pueden estar. ¿Controlar a los científicos? No lo sé. Mejor sería pagarles más. Antonio Gómez Rufo. EL MUNDO. 28 de enero de 2008.
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Dossier de prensa de Editorial Planeta.
El destino del hombre que quiso jugar a ser Dios.
Cuando una terrible enfermedad arrebata la vida de su única hija, Vinicio Salazar, uno de los hombres más ricos de la tierra, se enfrentará a la mayor encrucijada que el destino y la ciencia sometieran a ningún mortal. Ésta es la novela del hombre que fingió su propia muerte, empleando toda su fortuna y poder en la búsqueda de un absoluto: lograr la prolongación de la vida más allá de lo concebible por cualquier ser humano.
Tras la muerte de todo lo que había amado en este mundo, Vinicio pensaba en desaparecer. Una muerte fingida que borrase su identidad para siempre. Pero en el camino hacia la longevidad eterna se someterá a un proceso de transformación biogenética que supondrá el mayor reto a la ciencia: para conquistar la inmortalidad eran necesarias las células de niños inocentes que debían morir para que otros seres humanos pudieran alcanzar un ciclo vital de doscientos años.
Si lograba evitar la muerte y detener el envejecimiento biológico, podría venerar el recuerdo de su hija muerta. ¿Pero era el amor a su hija el destino real de su viaje y la auténtica finalidad de su búsqueda? ¿Podía el dinero comprar más tiempo de vida? En caso de que así fuese, ¿por qué ansiaba tanto la existencia si la decadencia del Planeta era inminente y la explotación de la vida en la tierra el resultado de unos desajustes irreversibles tales que el hombre había provocado con el cambio climático y el fin del ecosistema? ¿Era ése el mundo que quería conocer?
La muerte de su hija, como antes lo fue la de su mujer, provocará una grieta vertical en el presente de Vinicio Salazar, que le llevará a cambiar varias veces de aspecto. Él, como aquel Holandés Errante a quien Dios lo había condenado a vivir eternamente sin amor, emprenderá un proceso autodestructivo por el que perderá el sentido definitivo de su identidad. El ansia de inmortalidad le conducirá a cruzar una línea invisible entre principios morales e intereses personales que lo enfrentará a los límites legales de la ciencia, de la biología y de la experimentación médica. En esa tesitura, atravesando solo el camino del vacío, la frustración y la culpa, se preguntará: ¿Quién soy yo realmente?
Y sin embargo, hay otras preguntas que, en su infructuoso duelo en solitario, podrían quedarse sin respuesta: ¿Por qué los gobiernos no permiten a la ciencia progresar en la curación de enfermedades mortales, alegando cuestiones éticas? ¿Sigue siendo el amor el mejor refugio del ser humano? ¿Qué puede devolver a su maltrecho metabolismo la necesidad de encontrar una sola razón para vivir?
Su recorrido le llevará por los escenarios más exóticos del mundo: la isla de Fernando de Noronha en Brasil, Viena, Jamaica, Cabo de Gata, Milán, Madrid, Londres, Barcelona, Paris, São Paulo...
Un abrasador relato sobre el futuro inmediato que ya ha comenzado...
Una obra literaria que aborda temas de rigurosa actualidad.
La historia del millonario que quiso jugar a ser Dios conseguirá conmover al lector porque en su interior encierra múltiples significaciones en torno a la naturaleza perfectible del hombre y al futuro de la vida en la tierra.
Con su habitual ingenio para recoger de la actualidad temas de controvertido interés y situarlos en el contexto de una novela de poderoso magnetismo, Gómez Rufo ha conseguido trazar la cartografía fantástica del viaje de un hombre hacía sí mismo a través de un deseo fáustico de inmortalidad.
‘El futuro que iba a comprar era tan sólo longevidad para asistir a un mundo terrorífico que no merecía la pena conocer. Nadie le había hablado de la decadencia del planeta, de la perversión de la vida una vez que hubiesen pasado algunos años. Bueno, en realidad lo había oído, como todo el mundo, pero sin querer escucharlo. El problema del crecimiento demográfico, el consumo abusivo del agua, la desertización anunciada, la contaminación, el cambio climático, la agresión a la capa de ozono, la tala de árboles... Lo habían repetido hasta en las noticias de las cadenas más serias de televisión, pero el mundo estaba prestando a las amenazas oído de mercader.’
Ésta es una novela arrasadora, tremendamente humana, de prosa contagiosa y argumento conmovedor, con un trepidante ritmo narrativo y un estilo eléctrico y sutil que no dejará indiferente a nadie. Cuyos temas, de alta intensidad actual, fascinantes por sí mismos y tan inmediatos para el futuro que se aproxima, nos afectan a todos:
Los límites legales de la ciencia; la experimentación genética; el anhelo de inmortalidad; el deseo de prolongación biológica mediante la medicina de vanguardia; el hombre que desafía a la muerte; la destrucción del medio ambiente y los recursos naturales; la enfermedad; el Arte y el amor como último refugio del hombre; el futuro del planeta; o el fin del ecosistema humano. No es poco.
Cada motivo se vertebra en el relato gracias a la eficacia contundente de los recursos expresivos de Gómez Rufo, a su potencia creadora y al cuidado de la forma literaria que evidencian las condiciones de este conflictivo mundo que nos ha tocado vivir.
‘Eternamente joven. Él. Quizá lo consiguiese, sí. Pero, ¿qué ser humano no se cree eternamente joven? ¿Cuántos son conscientes de la demolición producida por la propia edad cuando se imaginan reflejados en unos ojos que no han terminado de abrirse? ¿Cuántos ancianos han de hacer equilibrios sobre el bastón para girarse, asentarse y buscar indicios de réplica en un cuerpo femenino que se cruza indiferente a su paso? ¿Son culpables por ello? Bentham pensaba que el peso de la naturaleza doblaba espinazos antes que esperanzas y que aun después de la pérdida de la esperanza quedan todavía muchos latidos inútiles en el corazón.’
Las virtudes por las cuales este thriller se alza como una novela enormemente lograda que lleva camino de convertirse en el superventas de la temporada residen esencialmente en que sus personajes, como los de todas las ficciones de Gómez Rufo desde que publicase por primera vez en 1984, son nuestros contemporáneos. A ellos les suceden las tragedias cotidianas y las terribles paradojas que perturban e inquietan al ciudadano, y el lector se identifica con ello.
Una de las principales características de la novela actual es su relación intergenérica. La noche del tamarindo posee esa mixtura de géneros en la que el reparto variable del drama, la acción, el suspense, el relato de viajes, las dosis de erotismo y una medida de ciencia-ficción propician la escalada emocional del lector por continuar los pasos del millonario español que quiso escapar a la muerte pactando con el diablo de un futuro incierto.
Sobre todo una historia de amor y sensualidad.
La inteligente cohesión conseguida en la forma, mediante un estilo irrebatible, enérgico y directo, pero igualmente lírico, contribuye, no sólo a la eficacia de los giros narrativos que mueven el suspense hacia un sorprendente clímax final, sino que en verdad, la tesis del libro, nos cuenta una fabulosa historia de amor: la que lleva al hombre hacia el desafío de sus propios límites (el ser humano no podrá nunca alcanzar la inmortalidad, por eso lo intentará eternamente).
En la consagración de esa búsqueda, y de los hombres y mujeres que persiguen en cierto modo todo ideal, se encuentra el núcleo argumental de La noche del tamarindo. Vinicio Salazar es el personaje que ha perdido lo que más quería, a su hija. Y no dejará la novela de someter al personaje a ésta y otras pérdidas... Es por ello que la descripción de su relación con las mujeres que ama o amó entraña un diamante de bellísimos pasajes:
‘El día nuevo cortaba con su alborada de acero la magia que les había mantenido hipnotizados durante esas horas que no contaron, en las que se habían sentido presos de un embrujo que desaparecía con el sol, como los hechizos de los cuentos que ya no se cuentan con la llegada de la edad de la malicia. Y la ruptura del hilo que sostenía sus almas atadas, o la evaporación del brebaje que bebieron durante la noche, extraído del otro cuerpo, les devolvió la obligación de enfrentar sus miradas, coserse los labios, cubrirse el pudor y pronunciar palabras que no habían preparado. Aquel amor sentido no tenía forma de expresarse.’
Gómez Rufo ha escrito este drama universal con la clarividencia con la que fueron elaborados algunos de los mitos más penetrantes de la literatura: Prometeo, Faetón, Fausto, o el Holandés Errante. La noche del tamarindo recurre a ellos para susurrarle al lector, con la sensualidad de un secreto, la inquietud que sentimos ante los cambios irreversibles que ahora mismo se están produciendo en la civilización. Con la intención de abrirnos los ojos.
Una novela moderna que proyecta la terrible belleza del mundo que habitamos, los cristales rotos de un espejo de contradicciones que reflejarán en el protagonista un hallazgo final: en el Amor se encuentra ese cáliz de la inmortalidad tanto tiempo anhelado.
‘El paso del tiempo reduce el universo de los afectos a casi nada, habría concluido repitiéndole, pero esa aparente minucia es lo único que importa. Y entonces se aprende que nunca hubo nada tan esencial como el afecto que se ha ido destilando en el crisol del tiempo y que sin esos posos apacibles de amor no merece la pena vivir.’
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REVISTA MERCURIO, (Juan Carlos Rodríguez)
"CUANDO VIVIR ES UN DELITO"
El miedo a la soledad amenaza a Vinicio Salazar, el multimillonario decidido a multiplicar sus años de vida a golpe de talón que protagoniza “La noche del tamarindo”. Éste se reconforta con una frase: “Uno nunca está solo: lleva consigo la cultura de su tiempo”. Aserto que sirve para enmarcar la nueva novela de Antonio Gómez Rufo (Madrid, 1954), cuya cualidad más sobresaliente es ese mismo consuelo que el autor pone en boca de Salazar: lleva consigo la cultura de nuestro tiempo. Y no sólo porque la novela abunde en referencias culturales y se inserte entre “Fausto”, “El holandés errante” y “El retrato de Dorian Gray”, sino porque expone que el hecho de que la inmortalidad sea un paraíso prometido o una cruenta maldición depende de nuestra propia contingencia cultural y determinación ética. La búsqueda de una mayor longevidad que emprende Salazar (y a la que, en cierto modo, todos estamos “condenados” hoy en día) sólo tiene sentido si supone también una prolongación de la felicidad.
Pocos novelistas tienen el compromiso con su tiempo que expone reiteradamente en sus obras Antonio Gómez Rufo, poseedor de una trayectoria literaria que abarca un amplio espectro temático. En sí mismo el proceso de sus novelas –“Adiós a los hombres”, “El alma de los peces”, “Los mares del miedo”, entre las más recientes– viene a ser siempre el mismo: la sociedad observada bajo un microscopio, un examen a fondo del ser humano, sus contradicciones y su vertiginosa transformación. Ocurre aquí en grado extremo: porque “La noche del tamarindo” es una ambiciosa intromisión en la escena de los avances científicos que afectan a nuestra salud, a la vez que se desarrolla con ese espíritu filosófico que en la literatura de hoy es flagrante ausencia: exponer, debatir, reflexionar, denunciar, invitar al lector, en definitiva, a que participe intelectualmente de la novela. Que es tanto como de lo que sucede a nuestro alrededor: las enfermedades incurables, las trabas a la investigación, los límites de la ética, el tráfico de órganos, una sanidad para ricos y otra para pobres, la vejez que se estira, el futuro incierto... y que se conectan con temas obsesivos del autor, como la soledad, el miedo y las transformaciones de las relaciones amorosas.
Esa podría ser una valoración sobre el alcance ideológico y polemista de Antonio Gómez Rufo, porque sus novelas raramente dejan indiferente y siempre perturban, pero habría que añadir sus cualidades narrativas: un texto en el que habitan como elementos fundamentales la pasión y la intriga, las cuales provocan una lectura magnética, una atracción incontrolable de avanzar en la inmortalidad de Vinicio Salazar, que a veces se enmascara quijotescamente y se acompaña con una sucesión de personajes que vienen y van a su lado –su malograda hija, el guardaespaldas Miguel, la atractiva Verónica, entre otros– incorporando ciertas cualidades a lo Sancho Panza. Gómez Rufo expone, indudablemente, la determinación narrativa siempre apreciable en sus novelas: la sencillez expositiva, la estructura lineal y el entretenimiento vocacional, pero en ésta hay una estilización de ese mecanismo que realza “La noche del tamarindo” –título que alude a que el tamarindo durante la noche cierra sus hojas, dejando ver nítidamente el tronco, del mismo modo que en la noche (y en la vejez) “son más visibles los gozos y los sufrimientos”– como una de las mejores novelas de su autor. Y es que, aunque a veces vivir se convierta en un delito, como le ocurre a Salazar, Gómez Rufo trama aquí un verdadero canto a la vida. (Juan Carlos Rodríguez. Revista MERCURIO. Marzo, 2008)
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