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Adiós a los hombres (2004)
Editorial Planeta,
Barcelona, 2004
261 págs.

 
Sinópsis
Juan está casado con Claudia y enamorado de Laura, lo saben los tres. Pero lo que no sabe ninguno de ellos es lo que cada uno está dispuesto a hacer para que nada siga siendo así. Adiós a los hombres es la historia de una encrucijada en el silencio, en la rebeldía y en la renuncia para conseguir una sorprendente idea del amor y evitar, de ese modo, la herida de la soledad. Una novela de pasiones humanas, confesadas o escondidas, entre hombres y mujeres.
 
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Algunas Críticas
“Gómez Rufo ha hecho un malabarismo arriesgado del que, por fortuna, ha salido airoso, porque Adiós a los hombres' es, sobre todo, una magnífica y necesaria novela.”
Luis de la Peña. Caballo Verde. La Razón, 29-X-2004.

“Gómez Rufo ha hecho un relato directo, seco, contundente, bien escrito...”.
Javier Goñi. Revista La Clave, 31-XII, 2004.

“‘Adiós a los hombres' es una pura metáfora de una sociedad gris, egocéntrica y descarnada en la que sólo se ve de los demás su parte exterior, en un ejercicio existencialista de los más duros. Gómez Rufo logra estremecer con su novela. Echa mano de la metáfora para hacer una reflexión sobre el individualismo de una sociedad en la que se da un lento pero imparable proceso de cambio en los roles de hombres y mujeres, y las dificultades que les supone enfrentarse a la pérdida de poder. Porque es la soledad, el miedo a la soledad, lo que cataliza la historia. Nada, ni el fracaso, ni la mentira, ni siquiera la muerte tienen tanto poder de amedrentar como la soledad, esa muerte en vida que lleva a las personas a renunciar a sus anhelos, asumir el fracaso y la destrucción de los sentimientos y aferrarse al vacío de la resignación, como último recurso en la existencia.”
Antonio J. Ubero. Diario de Valencia. 22-12-2004.

“...No teman, de lo dicho, una novela de ribetes culturalistas. Al contrario. El autor cumple los requisitos del género y ha medido con exacta prolijidad aquello que debe hacer de una historia contada un eficaz instrumento del placer de la lectura.” Juan Ángel Juristo. ABC Cultural. 23-10-2004.

“La novela está perfectamente estructurada, y el lenguaje utilizado es especialmente rico. A veces sugiere la paradoja: “Huir es el único modo de quedarse” (pág. 38); en ocasiones la comparación es brillante: Laura tenía “unos pies lisos y blancos, como los de un maniquí de porcelana” (pág.82); las metáforas, basadas en elementos de la Naturaleza, sugieren mundos diferentes: “Ellas eran las dos orillas de un río, que era él, en medio de un valle abierto, el de su vida” (pág. 28), “Los pensamientos son pájaros de colores que vienen y van a su antojo, volando al compás de su capricho” (pág. 75); las imágenes pueden ser muy sugestivas, por ejemplo cuando llega Claudia al apartamento de Juan: “Aún no eran las siete y media de la tarde y la medianoche ya se había apoderado del mundo” (pág. 137). La idea de la libertad, responde a unos planteamientos ideológicos concretos: “No hay libertad sin puertas de salida, pensaba Juan; y en este mundo hay sólo una puerta de salida, justo la que conduce fuera del mundo” (pág. 137). En la novela, además, existen numerosas referencias a obras de arte, citándose textos de Cummings, y de García Márquez, entre otros; así como varios filmes (la trilogía Rojo , Azul y Blanco , de Kieslowski) y cuadros (por ejemplo Hilas y las ninfas , de Waterhouse). Se trata de una obra multicultural, que da cuenta de las apetencias de su autor, una obra muy completa.”
Antonio A. Gómez Yebra. El Faro. 26-11-2004.

“Una novela que ahonda con descarnada sinceridad y excelente prosa en uno de los temas más conflictivos de la modernidad: los miedos y las crisis casi irresolubles de la pareja, el terror a la soledad, la dificultad de encontrar nuevos modelos de convivencia. En suma, la lucha por dar psicológicamente un salto adelante en plena revolución tecnológica. Obra de encrucijada, Gómez Rufo, autor de El desfile de la victoria , El alma de los peces y Los mares del miedo , logra con Adiós a los hombres su mejor novela.”
Rafa Marí. Las Provincias. 6-11-2004

“Antonio Gómez Rufo ha escrito una historia de tres personajes que, al tiempo, es un estudio novelado sobre el comportamiento masculino y femenino en la nueva disyuntiva planteada por los acontecimientos sucedidos a los largo de las últimas décadas del siglo XX, resumidos en la renovación integral de la mujer, incorporada ya mayoritariamente a todos los niveles de la sociedad, y que plantea una manera distinta de relacionarse con el hombre y con su entorno. Además de, como consecuencia, el enorme despiste del hombre, que está cumpliendo con el esfuerzo de adaptarse. Nueva novela de uno de nuestros autores más sólidos. Una historia de amor y, sobre todo, de enorme desamor. Una historia de penas y sueños incumplidos. Una historia de emociones y sentimientos desajustados, inmerecidos, disonantes, para nada compartidos por los distintos personajes. Una historia bella y cruel simultáneamente, amenazadora y falsamente resuelta en su realidad. Una historia sobre la soledad y la confusión del hombre. Unos personajes femeninos que complementan la personalidad actual del género. Una novela que vuelve a demostrar el absoluto dominio del lenguaje que Gómez Rufo ha logrado. En las páginas de la novela se evidencia una profunda reflexión sobre el actual papel del hombre en su relación con la mujer, que ha modificado su manera de ser.”
Víctor Claudín. Sierra Oeste. Madrid, Diciembre, 2004.

“El lenguaje rico, poético y sensual de Adiós a los hombres es el mismo al que nos tiene acostumbrados el autor de esta bellísima historia, repleta de simbolismos y que resulta inquietante y opresiva. Y continúa el hilo conductor de las novelas de Gómez Rufo: la lucha del individuo contra su destino.”.
Revista ODISEA. Noviembre, 2004.

"Una novela superadora de tópicos y clichés masculinos o femeninos en la que interesa especialmente la visión del miedo a los fantasmas interiores que soporta el protagonista. Gómez Rufo sigue en su línea de ser testigo del estado de las relaciones amorosas en nuestra sociedad y en comparación con épocas pasadas, como ya demostrara en Si tú supieras, El alma de los peces y en su novela histórica Los mares del miedo. Adiós a los hombres, como bien expresa el título, además de un thriller es una magnífica reflexión sobre la caída del machismo y del dominio social masculino, sobre el amor y el temblor; sobre el amor y la convención social."
J. Vicente Peiró (secretario de CLAVE). Ateneaglam (Valencia). 10-12-2004

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LOS MIEDOS DE JUAN. (Introducción a una conferencia celebrada en el Aula de Letras de la Universidad de Málaga). Por el profesor Gómez Yebra.

Iba a titular esta introducción con tres términos latinos: femina homini lupus, que me parecían muy apropiados para señalar lo que en Adiós a los hombres se trata: la mujer abusa del hombre. La mujer del siglo XXI ha encontrado las debilidades del hombre y utiliza ese conocimiento para hacer de él y con él lo que le place, para convertirlo en un juguete entre sus manos.

Porque en el fondo creo que se trata de eso. Gómez Rufo no hace otra cosa, a lo largo de todo el texto, que demostrar que la mayor fuerza física que el hombre ha usado para evidenciar su supuesta superioridad sobre la hembra de la especie humana no le sirve ya para ocultar su inferioridad intelectual y psicológica. Y esto, aun a sabiendas de que le ha permitido durante siglos mantener a la mujer en un segundo plano a nivel individual, familiar y social.

Tres (Claudia, Laura y Consuelo) son las mujeres que certifican su supremacía sobre un solo hombre, Juan. Tres mujeres cuyos nombres se me antojan reveladores de su mayor capacitación a la hora de amar, a la hora de odiar y a la hora de elaborar planes en los que el hombre es el objeto.

Claudia, cuyo nombre corresponde a uno de los patronímicos de la familias de mayor prosapia romana, puede proceder del latín claudio, claudis , con el significado de encerrar .

Si responde a lo que su nombre sugiere, no debemos olvidar que Tiberio Claudio César Augusto Germánico fue elegido emperador en el año 41 después de Cristo, tras la muerte de Calígula, y que su gobierno empezó con buenos auspicios y mejor dedicación, haciendo construir dos acueductos en Roma, el puerto de Ostia, y muchas obras en diversos lugares del imperio. Sin embargo, se le ocurrió casarse en terceras nupcias con Mesalina, cuya muerte “permitió”, y luego con su sobrina Agripina, madre de Nerón, al cual él adoptó y le aseguró el trono en detrimento de su propio hijo Británico, que había tenido con Mesalina. La herencia de Claudio no pudo ser, pues, más nefasta.

Si responde al significado de encerrar , Claudia vendría a ser la mujer que “encierra”, esto es, que enjaula o encarcela a su marido, Juan.

Por supuesto, Laura etimológicamente significa “laurel”, árbol cuyas hojas, usadas en medicina, son muy utilizadas también como condimento culinario. Vendría a ser el condimento, la sal de la vida, el aroma que necesita Juan para poder avanzar por su desértico valle de lágrimas.

Además, Laura es Dafne, la joven diosa que, perseguida por Apolo, suplica a su padre, el río Ladón, para que la transforme, cosa que acepta el dios, convirtiéndola en un laurel, el árbol preferido de Apolo, que se queda con su deseo de posesión insatisfecho.

El nombre de Consuelo Balaguer resulta algo más vulgar, pero no menos significativo: ella se convertirá en el consuelo que Juan necesita tras la desaparición de Laura y de Claudia.

Juan es un nombre anodino, por haberse convertido en un nombre propio demasiado común. Podría pensarse que responde al de un donjuán, pero la característica de “depredador” de mujeres no corresponde en absoluto al protagonista de la novela. Tendrá relaciones con tres mujeres, en efecto, pero él no es el sujeto, sino el objeto de ellas.

Etimológicamente, Juan es un nombre hebreo que significa “Dios es misericordioso”. En general, puede admitirse que le conviene por cuanto al final de la novela sigue vivo y, tal vez, por misericordia divina, más o menos feliz o, cuando menos, “consolado” de su íntima tristeza.

Juan responde a la tipología del hombre contemporáneo que, como el Juan Bautista que habitó el desierto solitario y silencioso donde pasó su juventud, parece incapaz de expresar sus sentimientos, es un hombre mudo, es un hombre mutilado, “sin cabeza”, por la ausencia de calor humano, por la ausencia del calor materno. Una ausencia de calor materno que en Juan Bautista se explicaba porque su madre era anciana cuando lo concibió y debió dejarlo huérfano muy pronto, y que en este Juan de Adiós a los hombres se produce cundo se va de casa y deja de percibir la presencia activa de la madre.

Este anodino, indefenso, silencioso y doliente Juan es, además, un cobarde, incapaz –y en esto se opone decididamente al Tenorio- de encararse con sus enemigos y, por supuesto, de asesinar. No es un hombre activo, es un hombre pasivo, siempre a la espera de algo, en absoluto dotado para tomar la iniciativa, ni siquiera cuando la necesidad sexual, exacerbada por la visión directa del objeto de su deseo, lo apremia. Juan no va a tomar en sus brazos a Claudia ni a Laura. Siempre serán ellas las que, sintiendo sus necesidades, se dispongan a satisfacerlas. Su inanición es tan grande que deja pasar la ocasión, incluso cuando está excitado, procediendo más tarde a ejecutar el placer solitario. Desde luego no responde al prototipo de “macho” que toma incluso cuando no ha sido invitado.

Juan es otro tipo de hombre, en principio porque está lastrado por una máxima que ha oído desde pequeño: “los hombres no lloran”, motivo por el cual se ha autocastrado en la expresión de sus sentimientos, de sus sentimientos más dulces, de sus sentimientos más humanos. Y éste es un craso error que lo convierte en un lobo solitario, en un ser huidizo, en un hombre obsesionado por descifrar el significado profundo de un cuadro: Painting, 1946 , de Francis Bacon, en el cual cree ir viendo la relación de su propio devenir histórico, de su propio proceso sentimental.

El cuadro se convierte en un fetiche. Cada uno de sus elementos es la clave de alguno de sus problemas de hombre apagado, como las luces de su apartamento, de hombre oculto, de hombre muerto en vida.

Juan no es un misógino, puesto que necesita la compañía de las mujeres, pero es el hombre que teme a las mujeres, que siente el poder subyugante de las mujeres, que se rinde ante ellas, que se siente, ante ellas, débil, indefenso e inseguro.

Estas características bien podrían responder a la controvertida crisis de los cuarenta años por la que él avanza en la zona fundamental de la novela. Pero Juan lleva en crisis bastantes años más: desde que se independizó de sus padres, y buscó a una persona que los supliera en su agónica necesidad de compañía.

Esa necesidad de complementarse, esa urgente carencia lo lanza en brazos de Claudia, a quien no termina de amar, pero con la cual contrae matrimonio, un matrimonio que hace agua por todas sus rendijas. Esa necesidad de compañía conjuntiva lo lleva a buscar una sustituta en chicas de alterne y luego en Laura, quien parece ofrecerle el amor que necesita pero que él no aporta a la relación. O, cuando menos, que no está en disposición de aceptar como nacido en su corazón. Porque Juan, ante todo, lo he dicho antes, es el hombre incapaz de expresar lo que de noble surge en su corazón, probablemente porque no está convencido de que sea profundo y, desde luego, duradero.

Juan, en definitiva, es el hombre temeroso, que va poniendo en las manos de los demás sus propias responsabilidades, incluso percatándose de que al hacerlo está privándose del futuro, un futuro que se le antoja sumamente imperfecto.

Claudia es el polo opuesto de Juan. Conociendo como conoce a su marido, va trazando a su alrededor un cerco del que no podrá salir: lo va encerrando , como su nombre indica. Claudia, no cabe la menor duda, ama a Juan, pero es el suyo un amor enfermizo, un amor absolutamente posesivo, un amor que no permite desviaciones, que no admite tentaciones de disolución. El suyo es un amor definitivo, el que sigue al pie de la letra, pero no del espíritu de la misma, el precepto que incluye la cláusula matrimonial: “unidos en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe”.

Sin duda ella ama, y cree hacerlo desinteresadamente, pero en el fondo lo que late en su corazón es un profundo egoísmo, un complejo de posesión total: no está dispuesta a que Juan sea de otra mujer, y para ello es capaz de llevar a cabo cualquier acción, sea ésta dirigida a quien estorba su amor, o sea dirigida hacia sí misma. Claudia es capaz de lo peor contra sus enemigos, y de ejecutar lo que le parece mejor para reconquistar el amor perdido de Juan.

Cierto que en la relación Claudia-Juan puede esconderse también el complejo de destrozaba las entrañas de la estéril Yerma de García Lorca. También Yerma amaba de una forma obsesiva a su Juan, intentando retenerlo junto a sí y alejándolo de la competencia que suponía su nocturno ir a regar (imagen que aquí se correspondería a los encuentros de Juan con Laura en el apartamento). Yerma era estéril, y Claudia se queda también sin el hijo tan deseado que acaso hubiera desviado su conyugal pasión enfermiza convirtiéndola en pasión de madre. Yerma mata a su Juan, y Claudia convierte al suyo en una especia de muerto viviente.

Por otra parte, Claudia es una diosa todopoderosa, una especia de Hera vigilante de los amoríos de su Zeus particular. Una Hera protectora de las mujeres casadas, celosa, violenta, vengativa, e irritable, porque las infidelidades de Zeus-Juan suponen otros tantos insultos. Ella no se considera menos hermosa que su oponente, ella no es menos capaz de amar que Laura. Hera, como Claudia, persigue con odio a las amantes de Zeus que han de sufrir su cólera. Y Claudia, la diosa suprema, es capaz de llevar a cabo una metamorfosis degradatoria: transformarse en un ser humano, una mujer que, según ella, es fea, poca cosa y considerable como puta: Laura, para así recuperar (o al menos intentarlo) el amor de Juan.

Juan admitirá que Claudia es muy grande, y él muy pequeño a su lado. Ella es capaz de hablar y hablar sin parar, y él es incapaz de pronunciar una sola palabra para expresar su dolor, o su amor, o las calidades de Laura en una posible defensa. Laura, la mujer que sin saberlo ahuyentaba la soledad de Juan, se queda sin abogado, y Juan se queda sin luz, sin Laura, sin dichosa no-soledad, y sin su madriguera, aquella en la que se escondía de todos y de todo. Hallará tal vez el consuelo que necesita, pero tampoco en los últimos compases de la obra él se convierte en el explorador del mundo donde pueda hallar el consuelo a su melancolía. Como en los casos anteriores, el consuelo va hacia él en forma de mujer, en forma de mujer calculadora, la que ha estado esperando su oportunidad para atestar el golpe definitivo que culmine sus sueños de posesión, la posesión de un hombre blando, débil, manipulable, en fin, un hombre sin personalidad, que se aproxima al hombre-objeto del siglo XXI. Un hombre que refleja la antítesis de lo que hasta esta época había sido el hombre depredador, el cabeza de familia, el empresario, el emprendedor, el que salía a cazar y el que llevaba la iniciativa en todos los aspectos de la vida. Ése es el hombre cuya desaparición canta y cuenta Adiós a los hombres, de Antonio Gómez Rufo.

Antonio A. Gómez Yebra. Profesor de Literatura. Universidad de Málaga.

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Gómez Rufo dice adiós al hombre caducado

por Víctor Claudín

Antonio Gómez Rufo edita una nueva obra, Adiós a los hombres , que amén de una historia que viven tres personajes, es un estudio novelado sobre el comportamiento masculino y femenino en la nueva disyuntiva planteada por los acontecimientos sucedidos a los largo de las últimas décadas del siglo XX, resumidos en la renovación integral de la mujer, incorporada ya mayoritariamente a todos los niveles de la sociedad, y que plantea una manera distinta de relacionarse con el hombre y con su entorno. Además de, como consecuencia, el enorme despiste del hombre, que está cumpliendo por lo general con el esfuerzo de adaptarse a los retos impuestos por ella.

Nueva novela de Antonio Gómez Rufo, nueva lectura caracterizada por la delicadeza y una porción de sus avanzadas ideas, nueva novela distinta, nueva novela atractiva de uno de nuestros autores más sólidos. Una historia de amor y, sobre todo, de enorme desamor. Una historia de penas y sueños incumplidos. Una historia de emociones y sentimientos desajustados, inmerecidos, disonantes, para nada compartidos por los distintos personajes. Una historia bella y cruel simultáneamente, amenazadora y falsamente resuelta en su realidad. Una historia sobre la soledad y la confusión del hombre. Unos personajes femeninos que complementan la personalidad actual del género.

Me explico: Juan está casado con Claudia. Juan disfruta dos horas y media de cada tarde con Laura, su amante, en un apartamento alquilado. La vida se resuelve con cotidiana reiteración, cuando Laura muere repentinamente. Entonces Juan descubre que Claudia conoce su relación extramarital y que, incluso, es quien ha amueblado el “nidito de amor”. Hay diversas propuestas de matar a alguien, pero finalmente ¿quién ha matado a Laura? Posteriormente Claudia se convierte en un trasunto de Laura con el objetivo de reconquistar a su marido. Pero jamás Claudia puede llegar a ser Laura, la mujer nunca es una amante por mucho que la mujer se lo proponga con la ambición y la renuncia con que lo hace Claudia. ¿Qué pinta Juan en todo esto? ¿Un hombre pasivo, que va aceptando con dolor lo que va sucediendo a su alrededor, cosas que parecen no afectarle en su comportamiento? ¿O es que está perdido?

Y un espacio claustrofóbico al que Juan pertenece: el salón de un apartamento, un universo cerrado, un espacio inexistente e intemporal, un reducto donde aún se mantiene a salvo en sus encuentros con Laura, que siempre está ahí, disponible, desnuda, cuando él llega, aunque no le haga en ese tiempo el amor y al irse es cuando sienta deseo y se masturbe. Un espacio que, contradictoriamente, es el único de la vida de Juan donde logra ser libre, es su reducto personal e intransferible que termina siendo violado por su mujer, precisamente de quien huía.

Cuando comienza la novela, uno tiene la tentación de pensar que va a tratarse de una obra inferior a las anteriores de su autor, pero luego se va creciendo. Crece en el interés de su trama y en el reflejo progresivo del pensamiento que se sitúa como trasfondo. Y crece, naturalmente, en el absoluto dominio del lenguaje que Gómez Rufo ha logrado.

“... todavía era más sorprendente la contradicción existente entre su modo de acobardarse y el desparpajo que aparentaban. Un desparpajo estremecedor que manifestaban sobremanera las mujeres y que amedrentaban a los hombres. En quince o veinte años la ciudad había experimentado un cambio inesperado para ellos, porque quienes creían que podían imponer sus decisiones de repente se descubrían desarmados, ridiculizados y los que pensaban que conocían el modo de relacionarse con ellas estaban ahora desconcertados,. Por su manera de expresarse, de comportarse, de exigir y sobre todo de actuar, las mujeres habían dejado atrás un mundo que nunca les gustó, pero que era el que habían construido los hombres para unas y otros. En el lenguaje era ágiles, en el comportamiento audaces, en el modo de mirar intimidantes”.

Hay muchos momentos en los que el narrador se abre a lo que le preocupa, como acabamos de ver, y está íntimamente relacionado con lo que está viviendo Juan y con las reacciones de Laura y de Claudia, por mucho que representen papeles diferentes, se podría decir que complementarios. En las páginas de la novela se va evidenciando una profunda reflexión sobre el actual papel del hombre en su relación con la mujer, que ha modificado su manera de ser consigo misma y de estar en el mundo junto al hombre. Una reflexión que preocupa al Gómez Rufo persona, y de la que ha nacido esta historia de Gómez Rufo creador.

También dice el narrador: “Juan sólo conocía dos clases de mujeres: las que fijaban las normas y las que hacían creer a los hombres que las normas que se cumplían eran las que habían sido fijadas por ellos”.

En un momento hace un canto a la amante, dice Laura: “Creo que prefiero el papel de amante: cuando llamas sé que lo haces porque me deseas. Con tu mujer, en cambio, estoy segura de que estás por obligación, porque tienes que estar”. Y ella nunca le engañará, aunque no sepa si al día siguiente le seguirá queriendo ni, por lo tanto, sabe si seguirá mañana a estar a su lado.

Él prefiere a Laura porque de las demás sólo sabe que ya no las comprende, que ignora hasta donde han llegado y qué sucedáneo de paraíso han hallado en esa tierra prometida como para quedarse a vivir con él y, a la vez, confesar en voz baja que sospechan que el destino les ha tendido una trampa.

Francis Bacon, el maestro de la pintura, está muy presente a lo largo de las páginas de la novela publicada por Planeta, no sólo como atrezzo, desde el cuadro que siempre contempla Juan y que tanto le sugiere, Painting , que se reproduce al final del libro porque conocerlo explica aun su fealdad mucho del sentido de la novela, sino hasta en ciertas deformaciones en la descripción de algunas escenas y de algunos ángulos de los personajes o en la visión que tiene de ellos el otro.

Hay dos conclusiones claras, entre otras un poco más ambiguas y algunas otras secundarias: “Se quiere o se es querido, se dijo, y yo sólo sé ser querido. Quizás eso es lo que les pasa también a los demás hombres, concluyó.” Y, luego: “No hay libertad sin puertas de salida, pensaba Juan; y en este mundo hay sólo una puerta de salida, justo la que conduce fuera del mundo.”

Dice Claudia: “...Creías que iba a ser tu esclava, ¿eh? ¡De eso nada! Lo fue tu madre de tu padre, y tu abuela de tu abuelo... ¡Pero eso ya se acabó! Ahora crees que estás desconcertado, asustado... ¿eh? ¿Eso es lo que crees? ¡Pues todavía no sabes lo que te espera! ¡Esto no ha hecho más que empezar porque antes de volverme atrás preferiría tirarme por aquí!”

Ya no hay esclavos, ya no son reutilizables los roles preconcebidos, ya no caben las suposiciones. Todo está abierto a mil opciones para las que al hombre se le ha adjudicado un papel secundario, el papel de ir detrás porque a la cabeza se ha puesto decidida y aparentemente segura y victoriosa, rotas todas las dependencias, la mujer. Puede que el consuelo para muchos hombres de hoy es que no todos son como Juan, o al menos que ya están empezando a no ser como él. ¿O sí?

En cualquier caso esta novela no puede sino considerarse más que una obra de transición en una carrera continuada hacia una mayor calidad y un más intenso interés, como cada una de las anteriores. Que culmina momentáneamente, cuanto menos en lo que respecta al reconocimiento público, con la novela que ha merecido el premio Fernando Lara: El secreto del rey cautivo , aventuras, intriga, amor y un repaso crítico al tiempo clave que fue el 1808 en nuestra historia. Una obra que se merece una atención especial más adelante. Víctor Claudín. Revista LETRA INTERNACIONAL. Verano, 2005.

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LA VIDA Y LA MUERTE EN “ ADIÓS A LOS HOMBRES

Una novela de GÓMEZ RUFO

Nos encontramos ante una obra de gran carácter simbólico, en la que se pueden desentrañar algunos significados que podrían ocultarse bajo una estructura sencilla y un lenguaje claro.

La búsqueda del espacio nos sitúa ante dos espacios fundamentales, el de la vida y el de la muerte, que juegan, a lo largo de toda la novela, a confundir al lector y a hacerle plantearse hasta la última página en qué espacio está la vida y en qué espacio la muerte; así como qué es lo que hay fuera del espacio de la muerte y de la vida, lo que podríamos llamar el espacio vacío, que el autor denominará la "ficción", del que se tienen indicios a través de ventanas y puertas.

En mi opinión, se podría considerar que el espacio de la muerte es el espacio del apartamento, dado que es descrito como "urna", "nicho", "celda", "panteón" y hay varias alusiones al cierre de la puerta como al de un ataúd. La vida estaría, entonces, en el único espacio aparentemente muerto, un cuadro cuyo único personaje está encerrado y fragmentado, quizá como lo estamos todos. Es, desde el cuadro, desde donde se le hacen todos los guiños al protagonista de esta novela, Juan, que ha decidido morirse en vida, en la penumbra de un apartamento. Es el personaje del cuadro, el fragmentado reflejo del propio Juan, lo que ejerce de interlocutor hasta caer roto en pedazos y permitir así la reconstrucción de su alter ego: el nuevo Juan, un ser que saldrá al exterior, en pocas ocasiones y sólo para dirigirse a algún lado, nunca para pasear, y que verá el exterior como un espacio de amenaza o "callejuelas en cuesta", "empedradas", donde en las primeras páginas cae una lluvia "contumaz" que obliga a esconderse; un "mundo de ficción", según descripción del autor.

Hay, pues, tres espacios: el de la muerte en el interior del apartamento; el de la vida, en el personaje del cuadro; el de la ficción, como ese juego entre vida y muerte que lleva luz a la muerte para engañarla con una hipótesis de realidad. Todos están muertos menos el personaje del cuadro, que es el único que trata de avisarles de su propia muerte. Las mujeres están todas muertas, menos Laura en parte, y viven en espacios irrelevantes salvo el que comparten con Juan, el nicho-apartamento que les provoca "claustrofobia" a todos los personajes, menos a Juan.

Toda la novela está encerrada en esa página en blanco que se anuncia en su primera línea y que se cierra en la última página. Toda la novela carece de espacio o vive en el espacio cerrado de una madriguera, en penumbra, de un ataúd. Y el exterior es el espacio de la amenaza, del ruido, del engaño a la muerte, la ilusión de los espejos y los halógenos del bar Gentleman. Toda la novela, salvo los fragmentos en los que el cuadro aún está colgado y el personaje permite el diálogo con el protagonista, está sobre una página en blanco, quizá porque como el personaje del cuadro aclara "todos nacemos muertos".

La acción de Adiós a los hombres transcurre en el espacio cerrado de un apartamento, con una puerta de entrada, siempre cerrada, y una ventana cerrada. Sus protagonistas siempre están allí; todo lo que tiene que ocurrir ocurre allí con la particularidad de que todo lo que ocurre allí está muerto porque el apartamento es un ataúd. Sólo hay una presencia viva en su interior: una lámina con el cuadro Painting, 1946 de Francis Bacon.

El paralelismo entre lo representado en el cuadro y el escenario elegido por el autor para retratarnos a su protagonista es claro y Gómez Rufo lo remarca. Sin fijarnos en las palabras del autor podemos observar estas similitudes entre ambos marcos: el espacio en que se refugia Juan: un apartamento con las ventanas cerradas, sobre una moqueta "color vino" y un personaje sentado en un sillón; el del cuadro, en que se ve una alfombra roja, una especie de reja, y un hombre sin rostro subido en algo alto.

Si el personaje del cuadro está encerrado, Juan también, aunque Juan aún tiene puerta de salida del apartamento. Todo transcurre en el interior de ese espacio, como pasa en la novela; sin apenas movimiento hasta el punto de que el resto de los personajes que pasan por allí no paran de moverse del sofá a la ventana o a la cocina; e incluso el lector siente la necesidad de moverse ante tanta quietud, quizá contagiado por estos personajes que temen "asfixiarse".

Pero Juan sólo está quieto en apariencia, como sólo está en silencio en apariencia. Su diálogo incesante con el personaje del cuadro le provoca pensamientos encadenados y ese es el movimiento en que vive, el del interior de su cabeza, un interior que Gómez Rufo traslada al lector.

El cuadro es circular, su visión no permite salir del espacio concéntrico; la mirada nos lleva al centro, a ese rostro sin dibujar o dibujado en su esencia. Como en la novela nos lleva a Juan, un personaje poco definido o definido en su esencia, en su torturado subconsciente, y a un cierto triángulo entre Juan, el cuadro y Laura o Claudia, según por donde discurra la novela. En ambos casos parece haber dos planos, pero se ve más claramente en la novela: donde los personajes que pasan por allí no nos hablan de ellos, no representan nada, no interactúan apenas salvo para las relaciones sexuales, porque lo que se retrata se ve sólo en la descripción de los pensamientos, en la inmovilidad del protagonista. En el cuadro, el personaje tampoco interactúa con otros porque lo que tiene alrededor ya no es ni siquiera animal: son sólo fragmentos de carne, lo que constituye quizá la disección de sí mismo, que en un plano metafórico sería lo que representó aquel hombre. ¿O interactúa con el espectador y en este caso con Juan?

Por lo que se refiere al cromatismo del cuadro, es negro lo que representa al hombre, una mancha negra cuyo contorno se pierde, y rojo el resto, salvo los dientes blancos. Roja y blanca la carne cruda, pedazos de carne que rodean al hombre en esa jaula en que cada vez lo vemos más como un animal, un animal momentos antes de que lo descuarticen, de que lo deshagan en pedazos otros hombres con los que no se ve relación alguna en el cuadro. El personaje está solo, aislado, y los objetos son marcas de encierro o trozos de carne. El color rosado del fondo está partido en trozos cuadrados no iguales y hacia la mitad tiene un dibujo de una raya de la que cae otra a ambos lados del personaje y que podría recordar a una perilla para un timbre o algo que se pulsa cuando le toca el turno al siguiente. Al personaje del cuadro, que se oculta o se refugia bajo un paraguas negro y no se le ven los ojos, tan sólo los dientes y el cuello de una camisa blanca. El personaje no muestra el cuerpo. Está bajo el carnero abierto en canal y ante la reja circular. No parece totalmente dentro de la reja ni totalmente fuera. Podría esperar su turno.

Juan también está aislado, deliberadamente aislado. Tampoco Gómez Rufo nos describe su aspecto externo, ni su vestuario, sólo lo vemos por dentro. Y también podría ser un algo animal: su incomunicación, su sexualidad silenciosa, brutal, a oscuras, sobre el suelo, sobre esa moqueta roja… El hombre convertido en cuerpo.

Y si el hombre del cuadro lo comparamos a Juan en el apartamento, también podríamos compararlo al Juan que se sienta frente al televisor en la casa familiar. Seguiríamos viéndolo en un espacio circular sin salida en el que ocupa el centro y con un cierto triángulo en su plano de relación con los objetos, sea el televisor, o Claudia, a quien toma por un objeto más del que prescindir. Quizá el paralelismo entre el timbre o la perilla a la que aludíamos y las llamadas de Claudia esté claro.

En cuanto al tiempo, sólo una alusión: el reloj parado y la oscuridad que remite a la noche. Una oscuridad provocada, como si el único tiempo posible fuera el provocado por la brasa de un cigarrillo, condenado a extinguirse, lo que dura la relación con Laura. Un tiempo de esperanza que permanece hasta el último aliento de una vela "agonizante" que ilumina el instinto, segundos antes de la patada de Claudia al cuadro. Después sólo vendrán momentos de ficción, de "resignación", de renuncia a su propio ser y, por tanto, de muerte, sea en un cementerio o en el seno de una nueva pareja.

 

El cuadro: un espacio de esperanza en que aún late la vida

El cuadro es el único lugar puro, que no anuncia el drama de la muerte sino la descripción del instinto, los únicos momentos en que el lector puede disfrutar de una lectura utópica de la vida, quizá porque no se trata de la vida sino del arte. Quizá, como en Baudelaire, como en los románticos o en El retrato de Dorian Grey , la única trascendencia posible, nos venga a decir Gómez Rufo, sea la del arte: "El instinto es pretender pintar algo y que de repente surja una cosa, y otra, y otra más... Es como si el universo se fuera construyendo solo, como se reproducen las células, como brota la sangre en una hemorragia, como se desbordan las ideas en un sueño infernal, incoherente pero irremediable. Y al final de todo, cuando uno despierta, comprende que todo aquello tenía sentido."

Quizá lo que nos pueda estar contando esta novela se refiera precisamente a la declaración de inutilidad militar de Bacon, como fue la declaración tácita de inutilidad de Juan por parte de su mujer, Claudia, que en lugar de alentarle a hacer una película, le montó una revista en Internet. Quizá en esa imposibilidad para realizar la película de su vida, su particular Jhonny cogió su fusil , radique la imposibilidad de la vida en la novela. Porque el personaje ve su única esperanza en el cuadro, en la creación del cuadro como podría haberla visto en la creación de su película, de su propio mundo, de su propio espacio, un espacio que perduraría, como le ocurre al cuadro y no les ocurre a los personajes supuestamente más de carne y hueso de esta obra. Tal vez ese Adiós a los hombres aluda a esos hombres que renuncian a su propia esencia, a la expresión de un instinto "que quizá sólo surja una vez en la vida".

El único tiempo de esperanza de Juan es mientras el cuadro permanece colgado, cuando aún se pregunta por qué no retoma la vieja idea de hacer la película que durante tantos años había querido hacer y cuenta, a través de la imagen omnipresente del Cuadro número uno , la verdadera historia de la vida soñada junto a Laura, su muerte injusta y, finalmente, la muerte de Claudia, para que "de ese modo, se hiciese realidad en la ficción lo que sólo podía ser ficción".

La supuesta resurrección de Juan, su salida a una calle ahora sí soleada, podría ser un guiño irónico según el cual ya dan igual las luces, las lluvias amenazantes y los espacios exteriores, porque el autor ya no necesita ese simbolismo del espacio exterior amenazante y húmedo ante un Juan que ha renunciado a ser él mismo, a encontrarse en la libertad, y ya no quiere estar encerrado en una madriguera desde la que puede crear arte o escuchar el arte que crea Laura. Es Laura el personaje más vivo de la novela precisamente porque ella logra publicar su cuento y dejar así "el eco de una voz eterna que nada ni nadie podría acallar" como permanece viva la joven enterrada en la tumba descrita en el cuento de García Márquez que se cita en la novela: Del amor y otros demonios .

Desde este punto de vista, de los espacios diferenciados en la lectura de Adiós a los hombres {el apartamento-madriguera-nicho (con ventanas y puertas como elementos de transición al amenazante mundo exterior), el exterior lluvioso y húmedo, el cuadro, la casa de la familia (con el televisor como espacio propio) y el cementerio} sólo podemos considerar como significativo el cuadro, y quizá el televisor, aunque este último no sabría clasificarlo entre los espacios del mundo de ficción, "excusa", "ojos ocupados y oídos cerrados", ante el que pasó con Claudia otros diez años, o más bien "madriguera" y espejo generador de trascendencia y emisor de arte, cuando ve el documental sobre la niña africana a la que otro niño corta las dos manos y Johnny cogió su fusil . El televisor como espacio ambivalente, frente al espacio interior, el del mundo interior de Juan que se busca a sí mismo a través del arte, y el exterior del mundo de ficción, el mundo de la falta de libertad.

Un repaso a los espacios metafórico de la novela nos podría lleva a pensar que son los únicos espacios reales, los más puros, los vivos o los trascendentes, los destinados a perdurar. Junto al cuadro, podemos situar la leyenda de la página en blanco, sobre la que el autor volverá varias veces creando una angustia creciente al lector al anunciar su aparición antes de tiempo; los cuentos de Laura, como generadores de vida, el arte con más poder que la propia vida, el arte que mata, y la muerte ante la creación nunca realizada, ante el silencio, la frustración representada en la película que nunca realizó Juan.

Ana García (Universidad Complutense.

Departamento de Italiano. Madrid.)

 

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